No quiero estar aquí, podría ser su “grito
de guerra”, pero ¿a dónde irían? porque les guste o no, se rebelen o no, no
tienen a donde ir.
Si hay familia, ésta
no puede hacerse cargo de ellos, ya que, posiblemente, no puedan hacerse cargo
ni de sí mismos. Muchos de ellos tienen padres que tuvieron hijos sin acabar de
ser niños y por lo tanto, se inició un problema que terminó por afectar al hijo
que trajeron al mundo.
Abandonado pues a su
suerte interviene entonces el Estado. Si mientras dura este trasiego el niño se
ha hecho mayor o quizás cuente con alguna minusvalía, casi es imposible que sea
adoptado o que haya una familia acogedora que quiera hacerse cargo de él.
Es entonces cuando el
niño o bien el adolescente pasa a vivir en una Institución. Hoy en día estas
instituciones cuentan con cuartos individuales, modernos baños y televisión,
pero no nos engañemos con lo que no cuentan es con el calor de un verdadero
Hogar.
Los chicos y chicas
están bien atendidos, aunque dependiendo del Centro y de quien lo dirija las
comodidades pueden variar de uno a otro, pero a tenor de lo que estoy
observando estos días, la comida se sirve fría, a veces no es adecuada para
niños de seis, ocho o nueve años y no habiendo otra cosa, están obligados a
comérsela aunque sepan que ahí fuera las cosas funcionan de otra manera.
Imagínense lo difícil
que es para unos padres que los hermanos se respeten y se quieran, pues bien
traslademos esta actitud a un centro donde deben de convivir niños y niñas que
no se conocen de nada a los que sólo les une la desgracia de no tener un hogar
al que volver después de las clases. El nivel de agresividad se dispara y los
insultos como arma arrojadiza están a la orden del día. El buen hacer de
educadores y voluntarios choca con la rebeldía de estas criaturas que no
comprenden por qué son diferentes, se preguntan ¿por qué yo? Y deben encajar el
verse privados del amor de unos progenitores.
¿Podríamos en
cualquier caso, modificar las leyes o destinar más recursos de forma que estas
instituciones tiendan a desaparecer? sin duda, es cuestión de preparar a las
familias, hacer seguimientos por parte de los psicólogos y los trabajadores
sociales y dotar de una paga a los niños que cubra sus necesidades y que sea
administrada por los padres educadores/acogedores.
Un niño privado de
cariño, lo buscará el día de mañana y si no hemos sido capaces de educar con
amor, lo buscará aunque sea por la fuerza.
Nuestra infancia es
nuestro futuro, no olvidemos eso, porque envejeceremos y pasaremos a depender de
ellos, si hemos hecho bien nuestro trabajo, posiblemente, ellos y nosotros
vivamos en un mundo más humano y más comprometido.
De nosotros depende
que sea así.

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