viernes, 21 de diciembre de 2012

DONDE EL CORAZÓN TE LLEVE


Amadea llegó puntual a la cita, mientras su chófer le abría la puerta del impresionante Mercedes, observó como en el Centro una mujer diminuta pero erguida la esperaba.
-Buenos días Hermana.
-Hola Amadea ¿qué tal el viaje?
-Tranquilo aproveché para solucionar cosas atrasadas.
Las  “cosas” atrasadas eran sus negocios, como hija única había heredado la nada despreciable fortuna de sus padres, muertos en accidente de tráfico cuando ella tenía quince años, desde entonces, se  educó con abogados convertidos en tutores que aunque le proporcionaron todo lo que una niña necesitaba, no consiguieron que en el corazón de Amadea brillara el más mínimo atisbo de compasión, por eso se sorprendieron tanto cuando ésta les dijo que prepararan los papeles, que iba a donar varios millones a un Centro de Menores dirigido por monjas, que debido a la crisis estaban pasando muy malos momentos económicos.
Sor Andrea conocía a Amadea desde pequeñita, le preocupaba aquella niña rubia que se aislaba de sus compañeras para ir a leer a cualquier rincón del Internado, detectaba demasiado resentimiento en su mirada. La niña estaba interna porque sus padres eran artistas y viajaban de un lugar a otro continuamente, hasta que un día se recibió la visita de su secretario, sus padres se habían salido de la carretera y el coche descontrolado dio varias vueltas de campana hasta quedar totalmente destrozado.
Amadea no lloró, se limitó a mirar por la ventana, sin posar su mirada en nada determinado mientras Roque, relataba los detalles del accidente.
Todo esto pasaba por la mente de Sor Andrea mientras veía bajar del coche a una mujer todavía joven, vestida sin grandes lujos y ajena a la admiración que causaba su presencia.
Pasaron al pequeño despacho, pulcramente ordenado, sin lujos, pero acogedor.
-Siéntate por favor y te cuento nuestra situación actual. Hasta ahora nos hemos mantenido más o menos bien, con las donaciones, alguna que otra subvención y los productos que las hermanas y yo fabricamos en los talleres, pero ya no podemos sostenernos más. Los niños no paran de llegar, ya sabes de qué familias proceden, te lo envié todo en el informe.
Amadea había escuchado atentamente las explicaciones de la monja, le tenía mucho cariño ya que la cuidaba sin molestarla cuando ella pasó esos terribles años en el internado.
-Bien le diré lo que haremos, mis abogados han creado una Fundación que lleva mi nombre, dicen que así es más fácil, a mí, la verdad, me da igual. A esta Fundación irán destinados los beneficios de varias de mis empresas, lo cual les garantiza más que suficiente  que el centro siga funcionando como hasta ahora.
Andrea la miró, se expresaba como si nada importara, un negocio más dentro de su rutina diaria.
-Amadea, eres muy generosa, por eso quiero que me acompañes, debes ver a quien beneficiará tu donación.
Esperaba la invitación, por lo que levantándose dijo.
-Me es imposible Sor Andrea de verdad, me esperan en otro sitio.
-Hija mía los negocios pueden esperar, nada cambiará porque te retrases, en cambio, creo que si me acompañas puede que tu vida de un giro importante.
Con las últimas palabras de Sor Andrea aún en sus oídos, Amadea dejó el abrigo y el bolso en el despacho y con resignación siguió los pasos de aquella mujer tan decidida y valiente que la había cuidado cuando ella tan sólo era una niña asustada y retraída.
Aquella mañana no había muchos niños, algunos ya disfrutaban de las vacaciones navideñas con sus familias, los que quedaban era porque, no tenían casa a donde ir y las hermanas pasaban con ellos las Navidades, intentando dar un cariño que les hiciera olvidar su situación de niños no queridos.
Amadea observaba todo con mirada de empresaria. Aquí quizás haría falta una cristalera, los dormitorios demasiado grandes, nada íntimos, el comedor un poco destartalado, hasta que notó como una manecita cogía la suya con fuerza, se volvió y bajó la mirada, un niño de apenas cinco años estaba a su lado mirándola, ni siquiera intentó soltarse, se agachó y se enfrentó a unos inmensos ojos negros que la miraban con detenimiento.
-¿Eres nueva, te vas a quedar a vivir aquí?
Dicho así con su lengua de trapo, el niño esperaba una respuesta.
-Pues verás sólo estoy de visita.
-Ah pensé que eras mi nueva mamá, dicen las hermanas que hoy viene y que me llevará a su casa.
Viendo que no era ella el niño se soltó y corrió a jugar al patio.
-Lo siento, Carlitos, siempre piensa que vendrán a por él, pero la realidad es que es epiléptico y tiene una gran minusvalía, ya sabes la situación de las familias hoy en día, nadie quiere niños enfermos, es un gran gasto.
A partir de ahí, la visita no tuvo mayor interés para Amadea, no podía quitarse de la cabeza las palabras del niño y su rotunda pregunta.
Se despidió de Andrea y subió al coche, el chófer le informó que su secretario había llamado varias veces y que parecía urgente.
-Que espere –dijo- para Arístides todo es urgente.
El coche se puso en marcha y Amadea sin saber por qué buscó con la mirada la figura infantil en el patio, pero a esas horas estaba vacío, un viento frío acababa de levantarse y en la distancia el edificio parecía aún más viejo y destartalado.
La reunión fue muy fructífera,  los ceros en su cuenta corriente aumentaban de forma escandalosa.
Aquella noche no pudo dormir notaba el calor de una mano agarrando fuerte la suya.
A Sor Andrea ver llegar el Mercedes no la sorprendió, dejó lo que estaba haciendo y salió a recibir a Amadea.
Una vez sentadas la explicación fue muy sencilla.
Con su permiso, me traslado a vivir al centro, podría llevarme a Carlitos, tengo más que de sobra para darle lo mejor, pero no sería justo para los demás niños, así que cuidaré a los que pueda, después de todo mis negocios marchan solos, no me necesitan.
-Supongo que sabes que no puedes encariñarte de ellos porque algunos sólo están de paso, despedirse luego suele ser duro y hay quien lo pasa mal.
-Espero ir aprendiendo con el tiempo, ya me enseñó usted una vez, creo que nunca dejamos de aprender en esta vida.
Después de ultimar los detalles, salió al patio, algunos niños se le acercaron y le dieron besos, besos navideños dijeron, Carlitos jugaba algo apartado, en su mundo de niño casi autista.
-¿Lo ves tonta?- le dijo- sí eras mi mamá solo que tú aún no lo sabias, pero Sor Andrea me dijo que volverías y acto seguido le ofreció un pedazo chupado de chocolatina.

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