domingo, 15 de diciembre de 2013

CUENTO DE NAVIDAD

Otra vez las Navidades -pensó. Fechas de compras de regalos, de felicidad. ¿Pero qué felicidad podía llevar ella a su casa? Allí, desde hacía tres años se había instalado una especie de tristeza que todos intentaban disimular. Años de penuria, de crisis, de no entrar ni un duro, salvo lo que ella ganaba limpiando casas, de niños pidiendo y padres sin saber qué decir.

Almudena, se miró las manos, unas manos gastadas ahora por la faena doméstica y pensó en Raúl, su marido, cuya depresión la estaba volviendo loca, pero al que quería con todas sus fuerzas......
 
Un coche que circulaba con demasiada velocidad, le pasó rozando a la vez que manchaba su falda nueva al pasar con fuerza sobre un charco en la calzada. Almudena le dedicó una serie de improperios mientras miraba el charco. Algo llamó su atención, era evidente que dentro de él algo brillada, bajo de la acera se agachó y metió su mano, al sacarla un collar de diamantes ocupaba casi toda su mano.

Guardó rápidamente en el bolso el collar, por su cabeza se sucedieron a toda velocidad pensamientos, locos, donde venderlo si resultaba ser auténtico, en ese caso ¿qué hacer con el dinero? Almudena, apretó el paso quería decirle a Raúl que se habían acabado los años negros....

Llegó a casa casi sin aliento, al abrir, escuchó la risa de los niños y la voz tranquilizadora de Raúl riñéndolos con cariño
Se quitó presurosa el abrigo, mandó a los niños a su cuarto se sentó frente a él y sacó el collar.
Durante unos segundos el brillo cegador de los diamantes les impidió verse el uno al otro.

-¿Qué narices es esto? preguntó Raúl todavía sin poder ver bien.

-Lo encontré en la calle en un charco y me lo traje a casa.

-Pero Almudena si es bueno esto vale una fortuna, mira el tamaño de los diamantes.

Por primera vez ella reconoció al vendedor de joyas que la había enamorado mucho antes de que la crisis les hubiera golpeado obligándolos a cerrar la joyería que ambos habían levantado con tanto amor y esfuerzo.

-Ahora mismo vamos a la policía y lo entregamos

-¿Estás loco, tú sabes la de gente que te lo compraría mañana mismo sin hacer preguntas? Raúl, vamos a perder la casa, piensa en los niños, seguramente esta gente es millonaria o lo han obtenido con dinero de la droga ¿qué se yo?

Raúl miró a su mujer, la amaba, pero el pasar penurias y soportar su propia depresión la estaban envejeciendo y....la quería tanto

Se acercaba la hora de la cena, Almudena guardó el collar en un paño de terciopelo, en el cajón de la ropa interior, pensó, que difícil es mantener la honradez cuando los tuyos pasan hambre, cerró con cuidado el cajón y se dispuso a ayudar con la cena.

Era Nochebuena, Amudena había trabajado sin descanso en tres casas dejando todo como los chorros del oro, para que otros celebraran con lujos lo que ella iba a celebrar con sus padres y suegros, pero de una forma mucho más modesta. Decidieron dejar a los niños con los abuelos y presentarse juntos en comisaría. Casi estaba desierta solo una mujer policía con cara de pocos amigos atendía en una mesa, se acercaron.

-Siéntense, dijo de mala gana, ustedes dirán.

Fue Raúl el que se adelantó.

-Mi mujer ha encontrado esta joya en la calle.

Abrió el paño y de nuevo el brillo de los diamantes los deslumbro. La policía no dijo nada, posiblemente estaba intentando averiguar las verdaderas razones que tenía la pareja para devolver aquella valiosa joya.

Les tomaron todos los datos y aquella mujer de mirada fría y aburrida les despidió con unas escuetas gracias. En su mano Raúl mantenía el recibo que minutos antes le habían dado por su buena acción.

Llegaron al piso apenas se dijeron nada por la calle, se ducharon y se dirigieron a casa de los abuelos, estaban tristes, meditabundos.

El timbre de la puerta los despertó, era Navidad por Dios ¿quién llamaba a estas horas? De mala gana Almudena fue a abrir, cuando aplicó el ojo a la mirilla solo vio a un hombre joven estupendamente vestido, le extrañó pero aún así abrió la puerta envolviéndose en su bata de seda algo gastada ya.

-¿Es usted la Señora –miró el papel, su acento era raro- Rodríguez?

A estas alturas Raúl asomaba por el pasillo con cara de sueño.

-¿Qué pasa cariño? Oh, buenas ¿qué quiere?

-Señor y señora Rodríguez tengo que entregarles esta carta.

Saludó y desapareció bajando apresurado la escalera.

Allí estaban con la carta en la mano de Almudena, sin saber que decir, se miraron y empezaron a reír.

-¿Tantos pirados sueltos y nos toca a nosotros uno en Navidad?

-Anda cierra la puerta y prepara café los niños están a punto de despertar y con el tema de los regalos no nos dejarán leer.

-¿Ah, pero vas a leerla?

-Claro, venga te espero, corre.

Ante dos humeantes tazas de café abrieron la carta y Almudena empezó a leer:

“Queridos Sres. Rodríguez, soy el marajá de Judhuar,  mi sobrina y yo acudimos hace unos días a una fiesta privada en casa de unos buenos amigos, posiblemente al subir a la limusina a mi sobrina se le cayó el collar de diamantes que ha permanecido en nuestra familia desde tiempos inmemoriales, ahora sabemos que el cierre estaba roto. Este collar tiene para mi familia un valor incalculable sobre todo a nivel sentimental. Debido a los tiempos que corren, pensé que jamás volveríamos a verlo, pero cual fue mi sorpresa cuando ayer por la noche la policía llamó a mi secretario y en veinte minutos tuvimos de nuevo en nuestras manos el valioso collar.
Bien, no quisiera aburrirlos, tengo que pedirles perdón lo primero, me he permitido averiguar algo sobre sus vidas, sé que tuvieron que cerrar un negocio y que las cosas no les han ido muy bien últimamente, es por ello que les comento, si a ustedes les parece bien que mañana tienen una entrevista en el despacho de Albert & Sullivan, mis abogados, quiero que les indiquen cuanto dinero necesitan para volver a abrir su negocio, les ruego que no teman pedir el dinero que necesiten, nadie puede recompensar con nada la honradez que ustedes han demostrado. 
Mi familia y yo siempre les estaremos agradecidos, feliz Navidad. “

Tuvieron que volver a leerla varias veces, se pellizcaron y al final se abrazaron y besaron casi llorando, por el pasillo las voces infantiles anunciaban un año más la Navidad.

























miércoles, 20 de noviembre de 2013

PUTA VIDA

Se miró en el pequeño espejo de la angosta habitación, donde, si el día se le daba bien, se subía uno o dos clientes mientras la dueña de la pensión hacía la vista gorda por un pequeño donativo mensual que Laila le pagaba religiosamente.
El espejo le devolvió la imagen de una mujer joven, guapa, pero con evidentes signos de haber peleado duro con la vida.
Se guardó el billete en la cajita y depositó ésta bajo una de las baldosas del suelo. Carmen la anterior inquilina, prostituta como ella, se lo había mostrado un día, nadie lo sabía.
"Está suelta, esa bruja no arregla nada, pero a nosotras hoy eso nos hace un favor". Aún recordaba su voz, una voz gruesa de mujer curtida y alcohólica....

Se acostó, notaba sobre su cuerpo los últimos envites de un cliente habitual, un hombre sin capacidad para amar, amargado, viejo, al que, sin embargo, Laila apreciaba, si es que una puta puede apreciar a alguno de sus clientes.
Muchas noches antes de dormir soñaba en como sería volver al pueblo como una señorona, sin decir de donde había sacado el dinero. Se imaginaba la mirada llena de envidia de Bernarda la del horno o la cara de extrañeza de Albino, el farmacéutico de toda la vida y se dormía así con una medio sonrisa entre los labios.
Despertó sobresaltada por unos golpes insistentes en su puerta, se puso una bata que había conocido mejores tiempos y se apresuró a abrir.

-Somos de la policía, vístase, tiene que acompañarnos.

-¿Pero qué ha pasado? –logró balbucear.

-Se lo contaremos por el camino.

Cerró la puerta mientras el hombre y la mujer la esperaban en el oscuro pasillo y se vistió con lo primero que pilló.

Guardó silencio en el coche, sabía de las malas pulgas de la policía y no tenía ganas de meterse en problemas, no ahora que le faltaba tan poco para ver cumplido su sueño.
Al fin aparcaron detrás de la morgue, los peores presagios de Leila estaban a punto de cumplirse.
Entraron en un recinto amplio, pero con un intenso olor que a punto estuvo de hacerla vomitar.

Espere aquí -le dijo el hombre.

 La mujer la miró durante unos segundos, “tiene que identificar un cadáver” le dijo susurrando, como con miedo de que alguien la viera hablando con una prostituta.

-Ya puede entrar, ayer encontramos el cuerpo de una compañera suya de profesión, al registrarlo vimos que llevaba un papel con un nombre y una dirección, necesitamos que nos diga si la conoce.

Laila era mujer valiente, para ser puta había que serlo o no durabas ni dos días en el oficio, pero lo que vio la aterrorizó, en la mesa una mujer cosida a puñaladas yacía ajena a todas las miradas presentes.

Venciendo el horror que esa imagen le producía, se acercó al cadáver un poquito más.

-Es Paca, compartí habitación con ella durante unos meses.

Se apartó y pidió un vaso de agua, la agente salió y al cabo le puso uno en la mano.

-Bien aquí ya hemos terminado, ahora debe acompañarnos a comisaría, tenemos que interrogarla.

-¿Soy sospechosa?

-En principio no, no creo que sea usted capaz de ensañarse tanto con una compañera, no, no lo creo –le dijo el inspector.

El interrogatorio no fue excesivamente duro, a decir verdad ella llevaba dos meses sin saber de Paca poco podía decirles

Salió a la calle y una intensa luz del sol la recibió aportándole algo de calidez al día que tan mal había empezado. Un mes más, se dijo, un solo mes más.

Se bajó del coche y anduvo los pocos metros que le quedaban hasta llegar a la pequeña finquita muy cerca de la plaza Mayor, ésta constaba de bajo y vivienda superior, en la fachada escrito con bonitas letras, podía leerse “Salón de belleza Laila”, sonrió orgullosa, seguramente, existía la posibilidad de encontrarse con un antiguo cliente, pero mientras llegara ese día, ella era Laila la chica de pueblo que volvía de la ciudad para integrarse de nuevo en el pueblo que la vio nacer..


lunes, 18 de noviembre de 2013

NUNCA SEGUNDAS PARTES FUERON BUENAS






Entró en aquel restaurante tan chic de Madrid, lo último le dijo su amigo. Mientras esperaban mesa, éste la dejó sola porque según le comentó iba a saludar a unos conocidos. Al momento, volvió y le preguntó si no le importaba compartir mesa ya que sus amigos iban a hacerles sitio y así podrían cenar con ellos. No, no le importaba, era una mujer de mundo ¿qué más daba? 
Pero no, no daba igual al acercarse allí sentado, mirándola con cara de asombro, estaba su exmarido.

Se sentó frente a él como si tal cosa, hacía más de dos años que no se veían, si acaso alguna mirada furtiva en las Redes Sociales para enterarse que se había casado al año de separarse de ella, con una rubia espectacular a la que por cierto tenía sentada a su lado, en esos momentos.

-Así que eres escritora.

Le sorprendió oír su voz, ya casi no la recordaba.

“Oh” exclamó la rubia.

-¿Sobre qué escribes?

-Sobre muertos que se descomponen en sus propios fluidos.

Teodoro que bebía en esos momentos después de hacerle la preguntita de marras, se atragantó y su mujer tuvo que darle unos golpecitos.

-No le hagas caso Casandra, Aitana es muy bromista, escribe guiones para televisión.

Menos mal que el amigo estuvo al quite, todos rieron a gusto, Doro se recompuso de su tos y la cena siguió apaciblemente.

Aitana se levantó para ir al baño, cuando salió, Teodoro la estaba esperando. El espacio era reducido a pesar de ser uno de los sitios de moda, así que ambos estaban ahora bastante cerca. De pronto el la cogió y la besó apasionadamente, ella se separó, intento alzar la mano para abofetearlo pero se lo pensó mejor y le devolvió el beso.

-¡Maldito cabrón!  Así que habías dejado de amarla, eres un hijo de puta.

Ambos miraron a la rubia que se había quitado un zapato con un tacón afilado cual estilete e intentaba golpear a su marido con él.

-Esto…yo casi vuelvo a la mesa -dijo Aitana intentando escurrir el bulto.

-Quieta ahí so lagarta, me imaginé que eras tú por como te miró, se le caía la baba.

Un hombre intentó entrar y Casandra le dijo que no, que meara en el tiesto. Aitana nunca había visto a nadie tan enfadado, allí estaban los tres, uno de ellos con un zapato como arma arrojadiza.

Gabriel se acercó a los baños.

-Ey chicos ¿qué pasa? se os oye desde el salón.

-Y tú, tú lo sabias mamonazo y la traes aquí.

-¿Pero de qué habla esta tía Aitana?

-Gabriel, te presento a mi ex, ex, te presento a Gabriel mi editor.

-A callar, tú ponte ahí detrás de ellos.

Casandra esgrimía el zapato como si nos apuntara con un arma. Lo lógico a estas alturas es que el metre acudiera a ver que pasaba, como así fue.

-Señores por Dios pero ¿qué voces son estas? Recuerden que están en un sitio público, bueno privado, pero……

-Decídase ¿público o privado?

Me salió la vena liberal.

-Usted ahí con ellos.

-Pero Teodoro pon orden, que es tu mujer ¡caspitas!

-De rodillas.

-Pero cari…

-Me vuelves a llamar cari y te tragas el zapato, Doro, de rodillas.

Un silencio sepulcral se hizo en el pequeño espacio en el  que ya estábamos, yo, Doro, mi editor, la rubia y el metre.

Teodoro se puso de rodillas, viéndolo así haciendo el cafre se me quitaron cualquier atisbo de ganas de volver con él, a pesar del beso.

-Júrame por lo más sagrado que ya no sientes nada por esta zorra escritora.

-Oye sin faltar –intervine airada.

Todos contuvimos la respiración, mi exmarido no decía ni pío, callaba y de su declaración dependía que saliéramos ilesos todos, incluida la rubia.

Y habló, si habló alto y claro.

-No puedo decirte eso Casandra, porque la amo con todas mis fuerzas.

Ya no pudo decir nada más, la rubia, es decir su mujer actual, se lanzó contra él, el metre se puso nervioso pisó a Gabriel, éste abrió el baño y se agarró a una señora pechugona que salía en ese momento al oír la algarabía, con tan mala fortuna que le arrancó el vestido dejándola en bragas.
Teodoro salió disparado para evitar que Casandra le sacara un ojo y mientras yo intentaba evitar que la pechugona le rompiera la cabeza con el bolso de Prada a Gabriel.

Mi exmarido fue frenado en seco por un policía cuya espada recordaba parte del muro de Berlín, del golpe se cayó, arrastrando tras de si el mantel de una de las mesas, se oyó un estropicio de platos y copas rotos. Otro de los policías llegó a tiempo de evitar que Casandra le zurrara de lo lindo a su marido, antes el mío, agarrándola por la espalda le colocó las esposas en un periquete, lo que hizo que soltara por fin el zapato con tan mala fortuna que una de las camareras tropezó con él y se fue de bruces contra otra de las mesas. 
A esas alturas Gabriel  y yo habíamos evitado a la señora y nos disponíamos a huir por la cocina. Pero con las prisas nos metimos en una especie de frigorífico cuya puerta se cerró a nuestras espaldas dejándonos totalmente encerrados y helados.

Al cabo de unos minutos en los que Gabriel y Aitana se abrazaron, se besaron y se dieron calor, al final fueron rescatados por una valkiria enorme y desabrida que dijo ser la señora de la limpieza.

Corrieron a la sala a por sus chaquetones y salieron de allí como alma que lleva el diablo.

Ya en la calle Gabriel preguntó.

-¿Qué vas a hacer ahora?

-Ahora ¿por qué?

-Ha dicho que te amaba, tu exmarido, digo.

-Ah, pero yo conozco a Teodoro, cuando la vea allí, el pelo en la cara sin tacones y rodeada de prostitutas, cambiará su versión y le dirá que estaba bebido, que no sabía lo que decía, qué se yo.

-Entonces, sigues tu camino sola.

-Querido amigo –dijo mientras se enganchaba de su brazo- los escritores nunca estamos solos, nos acompañan nuestros hijos, los personajes que creamos.

Y así cogidos del brazo, se perdieron por las calles de Madrid……

FIN.



sábado, 2 de noviembre de 2013

LA ISLA


 

             LA ISLA


                                       A esas horas, el acantilado gruñía como si mil puñales desgarraran sus oscuras entrañas. El hombre avanzó seguro de sus pasos a pesar de que la noche era cerrada. La pequeña isla no dejaba otra diversión, pero a esas horas de la madrugada, ni siquiera los lugareños se arriesgaban a pasear por ella y menos cerca de los abruptos acantilados.

El sargento retirado Jiménez del cuerpo de élite de la policía española la había elegido para sanar sus heridas, las físicas y las del alma.
La isla y sus moradores le habían acogido con frialdad, gentes dedicadas a la pesca, encerrados en su mundo de redes y aparejos, no querían saber nada de nuevos habitantes, allá cada cual con sus fantasmas. Odelia, la mujer que le hacía de ama de llaves, le explicó que la isla, debido a su orografía estaba apartada del mundo y que sus habitantes eran tan fríos y despiadados como la propia isla que, a buen seguro, estaba maldita.
Jiménez era un hombre curtido en mil peleas callejeras, incluso con la Mafia, instalada en el este de España. Su nombre imponía respeto en el Cuerpo y solo se resquebrajó algo su templado instinto cuando descubrió que su mujer se estaba acostando con su superior. El sargento pidió un inmediato traslado y acciones que implicaran más riesgo, hasta que una bala que no iba destinada a él, le atravesó el pulmón dejándole medio muerto en el suelo, mientras un gran charco de sangre le iba manchando el uniforme y dejaba que la vida se le escapara poco a poco.
A pesar de la lluvia y el viento atinó a ver como dos figuras discutían, uno de ellas llevaba algo en la mano, pero a la distancia en la que él estaba no atinaba a ver bien, podría ser un arma, una pistola o un cuchillo, el sargento hizo ademán de echarse mano al cinto, pero se acordó de que dejaba en casa su arma reglamentaria, el pecho se le resentía, con la lluvia la herida de bala le daba punzadas terribles.
De pronto se oyó una detonación en la noche, que hizo que Jiménez se parara en seco, su instinto de sabueso hizo que adivinara lo que venía a continuación, unos pasos se acercaban hacia él con rapidez, miró alrededor, solo unos matorrales lo suficientemente altos podrían esconderle a la mirada del que posiblemente había disparado, sin arma él también era un blanco fácil, se agachó y contuvo la respiración. Muy cerca las pisadas se detuvieron, podía escuchar la respiración del hombre o mujer que se tomaba un tiempo ¿para qué? Asomando la cabeza apenas, distinguió unas botas de hombre, gastadas y comidas, su color verde chillón las delataba. Calculó las posibilidades de abalanzase sobre el portador de las botas, pero la herida le dolía demasiado, no habría podido tumbar ni a una mosca, maldijo su poca prudencia, su manía de no esperar hasta llevar bien puesto el chaleco antibalas. Las pisadas se reanudaron y se fueron apartando de él hasta que ni siquiera fu capaz de vislumbrar nada que no fuera un tenue rayo de luna iluminando el camino.
Siempre, llevaba consigo una pequeña linterna, la encendió y se dirigió hacia el acantilado, estaba seguro de lo que iba a encontrar.
Le costó reconocerla, el asesino le había disparado en toda la cara, pero el abrigo era inconfundible, desde que la vio pasear por el pueblo con él puesto, aquella mujer  extravagante ya muy mayor, consiguió que él se fijara en ella.
Madame Matilde la llamaban las malas lenguas, decían que en otros tiempos había sido prostituta y que aprovechando un descuido de su chulo, huyó con una gran cantidad de dinero del club donde trabajaba y que por eso estaba en la isla, para escapar de un pasado sórdido, pero según había oído tan solo llevaba cuatro meses en la isla y no salía casi de casa.
Dentro de poco amanecería era inútil quedarse allí, tampoco podía hacer nada por la mujer, así que decidió volver a casa, la herida le dolía mucho y allí estaban las pastillas mágicas, esas que le hacían olvidar todo, hasta el nombre de la mujer que le traicionó y el amigo que le robo lo que más quería.
Barroso, se estaba preparando el desayuno cuando la agria voz de su mujer le recordó que hoy tenían invitados y que por tanto más le valdría no llegar tarde. Con una mueca burlona que pretendía imitar la voz desagradable de ella Barroso siguió con sus quehaceres matutinos antes de dirigirse a la comisaría.
Los policías Rosales y Maroto ya estaban en sus mesas, hacían como que gestionaban algo pero en realidad el trabajo policial en la isla era más bien escaso.
Jiménez se había ido a casa, por experiencia sabía que en un lugar como la isla, nadie atendía antes de las ocho de la mañana así que decidió desayunar y después tranquilamente, dirigirse a la comisaría de policía.
Llegó casi a la vez que Barroso que lo saludó con un frío.

-Hombre Jiménez ¿qué le trae por aquí?

-Vengo a denunciar un asesinato

Consiguió llamar la atención de los tres hombres que lo miraron incrédulo.
Barroso volvió a preguntar.

-¿Aquí en mi isla, un asesinato?

-Pues si, en su isla, sí, un asesinato cometido sobre las cinco de la madrugada más o menos.

-¿Y nos lo comunica usted ahora?

-He tenido que ir a casa a por mis pastillas, la herida me dolía mucho, debí quedarme dormido, mintió.

-Siéntese.

Fue una orden, más que una invitación amable.

-Cuéntemelo todo y no se deje detalle.

El sargento Jiménez, comenzó su declaración de los hechos con un tono neutro, sin apenas levantar la voz, cuando iba a explicar que sabía quien era el asesino por el hecho de ser dueño de unas botas horrorosas. Rosales abrió un armario en ese momento. Jiménez miró por curiosidad y allí estaban, llenas de barro, su dueño no las había limpiado aún, tras usarlas en la madrugada.

-Prosiga.

Barroso lo escrutaba tras su mesa de despacho.

-Eso es todo, no vi más, me acerque comprobé que estaba muerta y volví a casa, fin de la historia.

La visión de las botas cambió todo, si el asesino estaba en la misma comisaría las cosas cambiaban.

-Rosales, Maroto acompañen al sargento al lugar de los hechos, yo me reuniré con ustedes en breve.

Salieron y la intensa luz de la mañana deslumbró a los tres hombres, subieron al coche y se encaminaron al lugar de los hechos, guiados por Jiménez. Iban callados cada uno a lo suyo, pero al sargento no se le quitaba de la cabeza la visión de aquellas botas en el armario de la comisaría.
El cuerpo seguía allí, como él lo recordaba, a la luz del día aún era más evidente la brutalidad del disparo, posiblemente con una escopeta de caza.
Rosales empezó a hacer fotos al cadáver mientras Maroto se agachaba y lo examinaba de cerca. Jiménez los observaba hacer, pensando que quizás alguno de ellos era el asesino de la madame ¿pero quién?

-Jefe, el sargento dice la verdad, aquí está la señora Clotilde, muerta y bien muerta, hemos llamado al forense, está de camino.

-No toquen el cuerpo que voy para allá.

Colgó el teléfono con expresión preocupada, un asesinato en su isla era un fastidio y mucha faena por no hablar de los cuchicheos y habladurías. Cerró la comisaría justo cuando la novia de Rosales se acercaba para limpiarla como hacía dos veces por semana.

-Hola Fuencisla, te dejo abierto, tengo que salir pitando.

-Jefe ¿pasa algo?

-Nada que te importe –contestó mientras subía al coche.

Fuencisla era la novia de Rosales desde hacía ya cinco años y por fin iban a casarse en unas semanas. La chica era muy paradita pero como limpiadora el Jefe Barroso no tenía nada que objetar.
Cuando llegó sus hombres y el forense, la isla aunque pequeña contaba con un forense, lo esperaban hablando animadamente, más alejado como si el tema no fuera con él, Jiménez golpeaba piedrecillas con el pie.
A pesar de haber pasado la tormenta, el aire se había tornado frío, casi gélido. El cadáver se mantenía en perfecto estado, pero allí no habían pruebas que delataran al asesino.
El coche fúnebre que hacía las veces de furgón llego trasteando por el sinuoso camino y se paró lo más cerca que pudo. Otilio personaje algo siniestro sacó la camilla y la bolsa que tenía para estos casos y que era la primera vez que usaba en toda su larga historia de enterrador municipal. Otilio, tenía alrededor de setenta años y nadie sabía de donde había venido pero llevaba en la isla muchos años, no daba guerra y no se mezclaba con sus gentes.

-Otilio, ya puede llevarse el cadáver, aquí ya hemos terminado.

Barroso no era mal jefe, respetado por sus hombres, que, sin embargo lo consideraban un calzonazos en lo referente a su matrimonio.
Jiménez se subió de nuevo en el coche patrulla, pensó que el caso estaba resuelto, solo necesitaba saber quien se había puesto las botas por última vez y ello le llevaría derecho al asesino.
Les acompañó de nuevo a la comisaría, cual fue su sorpresa al entrar y ver a una mujer con las botas, limpiando la oficina, por supuesto las había limpiado antes de ponérselas.
Se la quedó mirando, él se las daba de experto cuando miraba a alguien a la cara, en ese preciso instante sabía si le mentían o no, pero esta chica poco agraciada y delgaducha no le provocaba nada, nada de nada, volvió a mirarla.

-A ver Jiménez deje de mirar a mi futura mujer o tendré que arrearle.

-¿Su futura mujer?

Rosales agarro a la chica por la cintura y se la presentó, Fuencisla, nos casamos dentro de unas semanas.
El argento alargó la mano y estrechó la de la muchacha que lo miró distraída mientras gritaba a Barroso que dejara de pisarle lo fregado.

¿Qué debía hacer, hablar con Barroso y decirle que ya sabía el nombre de la asesina?

-Jefe, me gustaría hablar con usted, a ser posible en su despacho, a solas.

-¿Tiene que ser ahora?, estoy de trabajo hasta el culo, comprenderá que lo del asesinato nos tiene muy entretenidos.

-Si ahora –suavizó un poco el tono.

-Está bien pase.

Ambos hombres tomaron asiento, Barroso rebuscaba nervioso entre sus papeles, encontró una hoja y la guardó en el cajón.

-Usted dirá, pero rapidito.

-Sé quien mató a Clotilde, aunque no sé el móvil, lo confieso.

El jefe lo miró boquiabierto.

-O sea que lo vio anoche como la mataba.

-No exactamente, le vi las botas cuando estaba escondido.

-¿Cómo que le vio las botas? estaba oscuro según nos contó.

-Si pero estas botas son inconfundibles, venga conmigo.

Lo acercó al cristal que separaba el despacho del resto de la comisaría.
Barroso se fijó entonces en Fuencisla que seguía limpiando las mesas con aquellas absurdas botas fluorescentes puestas.

-¿Cree que Fuencisla la mató?

-No me queda otra que pensarlo si, reconocería esas horrorosas botas en cualquier lugar.

-Entonces no perdamos tiempo. Cisla, hija, ven un momento.

La chica iba a protestar cuando vio la expresión de seriedad en el rostro de Barroso.

-Pasa y siéntate el sargento y yo queremos hacerte unas preguntas. ¿Dónde estabas, anoche de madrugada?

-Pues durmiendo jefe, durmiendo a pierna suelta, mi madre puede confirmarlo, llámela.

El jefe cogió el teléfono y marcó el número de la casa de la asistenta, al instante una voz chillona le respondió.

-¿Diga?

-Amadea soy Barroso, contésteme a esto ¿ayer durmió Cisla en casa?

-¿Es una broma?

-Usted conteste.

-Pues claro que si, aún no está casada, pardiez, que ni se le ocurra dormir en otro lado, que la mato.

El Jefe tuvo que apartar el auricular debido a los gritos que la mujer profería por el teléfono, intentó calmarla y colgó.
-Está bien puedes irte.

La chica se levantó con un mohín de disgusto y salió dando un portazo.

-Estamos como al principio, esas botas están siempre en el armario, solo las usa ella pero para limpiar aquí, luego se las quita y las guarda ahí, sin llaves ¿para qué? No hay nada de valor, productos de limpieza y poco más.

-Al menos nadie sabe lo de las botas eso nos da cierta ventaja ¿no cree?

Jiménez hizo además de levantarse.

-¿A dónde va?

-A ver al doctor, esta herida me duele demasiado, no tema no voy a salir de la isla.

-Eso espero este tema del asesinato no me gusta nada, pensar que el asesino sigue entre nosotros.

-¿Por qué dice eso? ¿cómo sabe que no ha salido de la isla?
           
-No falta ninguna barca, el puerto está cerrado, le digo Jiménez que quien quiera que haya asesinado a esta mujer  aún está aquí.

-Tendré los ojos bien abiertos, si veo algo fuera de lo normal, se lo diré.

El clima en la isla era húmedo, por primera vez el sargento tuvo dudas, quizás no fue tan buena idea acudir a aquella isla, dejada de la mano de Dios.
¿Quién podía querer matar a una vieja prostituta? De repente se paró, dándose con la mano en la frente, claro, alguien en la isla quería borrar su pasado y seguro que aquella mujer sabía demasiado, quizás estaba chantajeando a alguien de la isla, pero ¿cómo averiguarlo?
La consulta del doctor estaba casi al otro lado de la isla muy alejada de comisaría, con un movimiento que indicaba frío, el sargento se subió el cuello de su gabardina y se encaminó hacia allí. A esas horas la noticia había corrido ya como la pólvora y los corrillos en las puertas de los establecimientos hacían prever que la noticia sería la comidilla durante bastantes días.
El doctor le recibió en su despacho de la consulta, a esas horas no había muchos parroquianos por lo que Jiménez no tuvo que esperar demasiado para ser atendido.

-Pase, pase, me estoy preparando un té, si gusta
.
-No gracias, he desayunado muy bien en casa.

-Me imagino que ha sido una noche dura para usted, no todos los días presencia uno un asesinato. ¿Dígame pudo ver al asesino?

-Pues no, tuve que esconderme, no llevaba mi arma, así que no quise exponerme, ya no estoy en condición de pelear con nadie y menos con alguien que es un asesino.

-Vaya, una pena, seguro que a estas horas ya estaría entre rejas.

Jiménez miró uno de los marcos que estaban sobre la estantería, su costumbre de los viejos tiempos, donde todos los detalles por insignificantes que fueran contaban, el doctor aparecía muy sonriente con bastantes años menos y rodeado de algunas mujeres muy jóvenes.
Éste siguió la mirada del hombre, supo en aquel momento que la mente sabuesa del sargento no tardaría en atar cabos.

-Bien aquí tiene su receta, esto le calmará los dolores y ahora si me disculpa, debo hacer algunos informes urgentes.

Cuando Jiménez hubo salido quitó el marco rápidamente, sacó la foto, la quemó y puso otra de un paisaje. Ahora solo tenía que pensar en como asesinar al sargento del cuerpo de policía Jiménez.

De repente, todo estuvo claro, el buen doctor seguramente estaba relacionado de alguna forma con la madame, pero si se lo decía a Barroso, sin tener ninguna prueba, saltarían todas las alarmas, decidió ir a su casa y hacer unas cuantas llamadas antes de descubrir el pastel.

-Lola, soy el sargento Jiménez, necesito que me haga un favor, quiero que busque todo lo que tenga que ver con la huída de una madame del barrio chino de Barcelona, creo que salió en la prensa, huyo con mucho dinero, mire a ver si me encuentra algo por favor, estaré esperando su llamada.

Lola había sido su secretaria durante muchos años, años de bonanza y de armonía familiar, que el sargento había vivido entregado en alma y cuerpo a su trabajo de policía sin escatimar sacrificios, quizás abandonando a su esposa por lo que, en parte, se sentía responsable de lo ocurrido.

Volvió a dolerle la herida, sin darse cuenta la noche se acercaba en esta oscura e inhóspita isla perdida en algún lugar.

Encendió las luces, la asistenta le había dejado preparada la cena, pero no tenía hambre, esperaba ansioso la respuesta de Lola que a buen seguro no podía tardar.

Se preparó una copa de vino, encendió la chimenea y esperó. Al cabo su móvil empezó a emitir una suave melodía, contestó.

-Dígame que tiene algo.

-Algo y jugoso, por lo visto el que se escapó con la pasta fue un doctor joven que atendía a las prostitutas, posiblemente ayudado por la madame a la que con toda seguridad dejó tirada a la primera de cambio. Jiménez ¿está usted ahí?

-Cuelgue el teléfono, ahora y déjelo donde yo pueda verlo.

El doctor sostenía una escopeta y apuntaba directamente a la cabeza del sargento.

-Será su segundo asesinato, tarde o temprano atarán cabos.

-No si usted deja una carta de suicidio, pensarán que tuvo un pasado turbio con Clotilde.


Por experiencia el sargento sabía que cuando uno quiere matar a alguien lo hace en los primeros minutos, si no es así, le proporciona a la víctima algo de esperanza de que la situación pueda cambiar.

-Saque papel y empiece a escribir.

Arrastró una de las sillas y se sentó, desde donde estaba dominaba toda la habitación. Jiménez se dirigió a un pequeño escritorio, sacó papel y bolígrafo mientras sopesaba todas las alternativas. Se sentó y esperó órdenes.

-Antes de empezar a escribir, ¿no cree que me merezco saber por qué voy a suicidarme? me lo debe.

Al doctor se le veía muy cansado, ojeras azulonas se le marcaban bajo de los ojos y su cuerpo que antaño se adivinaba joven y esbelto ahora estaba fofo y viejo.

-Se lo contaré, no hay prisa, tenemos mucha noche por delante. Todo hubiera ido bien si la perra de Clotilde no se hubiera rajado a última hora, lo teníamos todo planeado, el robo, la huída, en realidad yo no pensaba llevarla conmigo, pero la necesitaba porque ella sabía la combinación de la caja fuerte de ese mal nacido. Así que planeamos fugarnos con todo ese dinero. El plan iba viento en popa cuando ella se acojonó, dijo que tenía miedo y que mejor dejarlo. Para entonces ya teníamos la caja abierta y el dinero metido en una bolsa, así que le di un golpe y la deje allí tirada en el suelo donde el Rasel la encontró. Le dieron una paliza ella confesó todo el plan, pero por supuesto yo no iba a seguirlo y para entonces ya estaba embarcado y sin posibilidad de que me encontraran. Pero la muy zorra lo hizo, no sé como ni a quien convenció pero un buen día se presentó en mi consulta y me pidió la mitad del botín. Estuvo observándome durante meses, sabía que aún me quedaba mucho dinero. Al principio no la reconocí, estaba muy vieja y la paliza le había dejado secuelas.

-Por eso la mató, por el chantaje.

-Por eso y porque sabía demasiado sobre mi vida anterior, puede que esta sea una isla de mala muerte, pero se vive bien, la gente confía en mí, si esa bruja hubiera hablado todo se habría ido al garete, mi paz mi reputación todo.

-Una pregunta más, ¿por qué usar esas botas tan horrorosas?

-Ah, las botas, no quería dejar las huellas de mis zapatos, como habrá advertido tengo una ligera cojera y mis zapatos son especiales, no es que Barroso y sus hombres tengan muchas luces pero no  podía arriesgarme. Tengo llave de la comisaría, por si hay alguna urgencia, así que pensé en usarlas nada más. Y ahora que ya le he contado todo, empiece a escribir y sin intentar nada.

El sargento empezó a copiar lo que el doctor le dictaba, estaba seguro que a Barroso le parecería un poco rebuscado pero ¿qué importaba? tanto Clotilde como él, no eran más que extranjeros en una isla húmeda y fría, sin familia nadie les echaría de menos y los dos casos se archivarían en un periquete.

            -Póngase la chaqueta y deje la nota encima de la mesa, usted y yo no vamos de excursión.

Jiménez obedeció, desarmado tenía pocas posibilidades de hacerle frente, aunque el hecho de que llevara una escopeta le daba cierta ventaja.

            -Vamos hacia el acantilado, así pensarán que todo asesino vuelve al lugar del crimen. La noche era bastante cerrada y el camino poco visible, ambos hombres caminaban en silencio, el sargento escuchaba como los pasos del doctor eran discontinuos debido seguramente a su cojera de modo que cuando escuchó el tropezón se giró rápidamente pillando al doctor desprevenido, los dos hombres cayeron rodando al suelo y se enfrascaron en una pelea, la escopeta cayó a pocos metros de ellos. El sargento había calculado mal las fuerzas de su contrincante y a pesar de la herida luchaba como un jabato por su vida.

            -¡Alto, quietos!

Los hombres dejaron de pegarse, se separaron y sentados en el suelo observaron como el jefe Barroso los apuntaba con su arma.

            -Jefe puedo explicarlo.

            -Cállate, siempre desconfié de ti, por eso me mosqueó el tema de las botas, más de una vez las has usado para ir a visitar enfermos en zonas empantanadas. Siempre has pensado que soy imbécil porque soy de pueblo, pues ya ves, te equivocabas. ¡Levántate! y usted también sargento, esto se ha acabado.

El doctor hizo además de levantarse pero cogió la escopeta que tenía cerca y disparó a Barroso dándole en un hombro, el Jefe se tambaleó y cayo sobre el camino sin mediar palabra, pero Jiménez que había intuido la maniobra del doctor estaba frente a este con el arma de Barroso. Los dos hombres se contemplaron, podían dispararse y morir, el silencio en aquella zona abruta de la isla era sepulcral, solo el viento silbaba con una fuerza inusitada.

            -Baje el arma, tendría que rematar a Barroso y matarme su coartada por los suelos, ¿cómo explicar la muerte del Jefe?

            -No puedo, ya no hay marcha atrás, usted lo sabe, tire el arma y le prometo no rematar al jefe.

            -¿Por qué tendría que fiarme?

            -Le doy mi palabra, saldré de la isla y él se recuperará, volverá a ver a su familia.

El sargento se le quedó mirando e  hizo ademán de bajar el arma, pero en cuestión de segundos la volvió a subir y disparó, el doctor cayó abatido con un tiro en la frente.

            -Barroso, míreme no se duerma, acabo de matar al doctor, corro al pueblo a dar aviso, lo trasladarán en helicóptero, aguante.

Tuvo que despertar a Maroto y a la enfermera que cogió su botiquín y corrió al coche, cuando llegaron Barroso había perdido mucha sangre pero el helicóptero medicalizado ya había partido hacia la isla, era cuestión de minutos que lo vieran aparecer por el horizonte.
Maroto, con cara compungida, le daba ánimos a su jefe.

 Los dos hombres miraban por encima de las tumbas del pequeño cementerio, uno de ellos llevaba el brazo en cabestrillo.

            -¿Cómo supo que el asesino de Clotilde era el doctor?

            -Por una foto que tenía en su despacho, se le veía acompañado de muchas mujeres jóvenes, vamos se notaba que eran prostitutas y dado lo que se decía de ella en el pueblo que si había sido madame de un burdel, solo tuve que atar cabos. Por cierto, no le he dado aún las gracias por salvarme la vida Jefe. A estas horas quizás estaría aquí con Clotilde y el doctor campando a sus anchas.

            -Si, mal sujeto ese doctor, lo calé en cuanto se presentó, traía buenas recomendaciones posiblemente todas falsas, pero no me gustaba su forma de ser, así que cuando fui a hablar con usted y los ví salir a los dos, me olí la tajada.

            -En fin, todo ha terminado bien.

Iniciaron el camino de regreso hacia la comisaría, cuando llegaron a la puerta el jefe Barroso se dirigió al sargento Jiménez.

            -¿Sabe? creo que esto es el comienzo de algo más que una amistad, le ofrezco colaborar en los casos que requieran un par de ojos más.

            -Cuente con ello.

Dando media vuelta se alejó con las manos en los bolsillos sintiendo en uno de ellos el frío tacto de su arma reglamentaría.







           





                          






viernes, 18 de octubre de 2013

A VUELTAS CON LA VIDA



Antes de cerrar su casa, ¿quién sabe si para siempre? María miró por última vez la estancia que hacia las veces de salón y de recibidor. Recorrió cada rincón y en cada uno de ellos imágenes olvidadas en el tiempo le vinieron a la mente. Momentos vividos, con su hija, una adolescente que crecía muy rápido, enseñándole cosas que ella ya no recordaba, porque era una mujer adulta con un pasado intrincado de vivencias.
Recordó a sus amantes, casi con exquisita nitidez, cada encuentro, cada caricia gozada, cada suspiro, un sexo bueno, consentido, agradable. Cada uno de ellos le había aportado algo, unas veces maravilloso y otras apenas un vago recuerdo.
Pero por encima de todo, pensó antes de cerrar la puerta, en el paso tan decisivo que iba a dar.
¿Qué hacia ella una mujer de cincuenta y cinco años, con una hija adolescente, cambiando su vida, que tanto le había costado poner en marcha, por las promesas de amor de un hombre, que hasta la fecha de conocerla a ella había cambiado de cama, cuando se le apetecía? A  pesar, de haber hecho las maletas, de cerrar ¿temporalmente? su consulta, dudó, todo lo que dejaba atrás, se creó con esfuerzo y dolor, costó mucho recobrar la serenidad suficiente para encauzar una vida caótica de vaivenes constantes y ahora como si fuera una broma cruel del destino, éste le ponía en la tesitura de elegir, ella con todas sus consecuencias o un amor por construir.
Estuvo tentada de dejar la maleta en el suelo coger su celular y llamarlo. Calculó que era la hora del almuerzo, él debía de estar en su despacho comiendo algo frugal. Abrió el celular y cuando iba a marcar, se dijo así misma que era una grandísima cobarde, que su vida estaba cambiando, que su pasado le decía adiós y que nada es eterno y todo es cambiable, que a seiscientos kilómetros un hombre que decía que la amaba la esperaba para compartir con ella su vida y que por muy asustada que ahora se sintiera, esas mariposas que ahora tenía en el estómago se morirían de pena y aburrimiento si ella no tomaba la decisión arriesgada.
Cerró el celular, acabó de poner las maletas en el coche y miró su casa por última vez.
Emprendió el viaje al cambio, a lo inesperado, al amor que la esperaba ansioso y se dijo: “¿Por qué no?
A Marta con todo mi cariño.

sábado, 28 de septiembre de 2013

ESOS LIGUEROS DIFÍCILES





"Marife lencería fina" era una tienda amplia y coqueta, enclavada en el mejor barrio de la ciudad. Hasta entonces, yo no había pensado en comprar nada allí, pero hoy, por fin, el maduro guapo, asesor de la oficina,  reuniendo el valor necesario, me había pedido una cita, cenar con él. 
Así que entré y recorrí con la mirada cada estante, cada batea, hasta que lo encontré.

El liguero negro con puntillas y las medias negras, parecían mirarme con expectación, a su lado, como si no fuera con ella unas braguitas de encaje me lanzaba miraditas.

Presto acudió una dependienta pizpireta a la que cada ojo le iba por un lado, lo que hacía muy difícil hablar con ella.

Tuvo a bien, buscar mi talla y al conjunto le añadió también un bonito sujetador que dormitaba dos perchas más hacia la izquierda. Le di las gracias y corrí con mi botín hacia el probador. A esas horas, la tienda ya empezaba a vaciarse, con mi consabida falta de previsión, solo se me ocurrió coger un bolso grande donde poder meter lo que me quitara y así dejarme puesto el conjunto.

Empecé a desnudarme sin  prisas, las manecillas del reloj marcaban las 20,30 tenía tiempo de sobra para llegar a la cita, sin prisas de última hora.

Cuando ya tenía el sujetador, las braguitas y las medias puestas, intenté colocar el liguero, pero no hubo forma, éste se resistía y se negaba a que lo uniera al maravilloso encaje de las medias.

Asomé la cabeza por entre las cortinillas, pero no atiné a ver a nadie, así que salí a la tienda con la intención de pedirle ayuda a la dependienta. En su lugar un joven increíblemente atractivo colocaba cajas en los estantes. Miré el reloj, tic, tac, tic, tac, ¿qué más daba?

-Perdona, ¿puedes ayudarme? no atino con el liguero y ya voy corta de tiempo.

-Faltaría más, el cliente siempre pide y nosotros ayudamos para que se sienta cómodo.

Se metió conmigo en el probador, se arrodilló delante de mí y posó una de sus manos sobre mi muslo. Una intensa oleada de calor recorrió todo mi cuerpo.

-Oh, perdona ¿tengo las manos frías?

-No, no, es este espacio tan reducido, sigue por favor.

Cuando hubo enganchado las tiras de delante me dio la vuelta suavemente y me colocó de espaldas a él, de nuevo sentí la calidez de sus manos, pero esta vez rozaban mis nalgas en un juego encantador con mi piel, que a esas alturas ya estaba preparada para las caricias que llegaron luego, sus manos recorriendo sitios  que ni yo misma recordaba, su boca, besando recovecos inaccesibles hasta ahora....

El probador se convirtió durante unos minutos en un lugar para la lujuria sin freno y sin medida, ni que decir tiene que hacer el amor con un desconocido al que casi duplicaba la edad y que era insaciable, me hizo perder toda  noción del tiempo.

Se despidió con un beso prolongado y salió del probador sin darme apenas cuenta. Cuando pude reponerme, observé que estaba impecable, la ropa interior en su sitio y el liguero perfecto sobre mis muslos sudorosos..

Salí detrás de él, la dependienta me miró satisfecha, me dijo que el conjunto me quedaba como un guante.

-Dígame, ¿podría llamar a su compañero?

-¿Compañero? estoy sola en la tienda, hoy libra Puri, perdone si la he dejado unos momentos sola, pero estaba colocando unas cajas en el almacén, ¿qué se queda el conjunto?

Miré el reloj, si me daba prisa, aún llegaría a mi cita.

-Si claro, ahora, me lo quito.

Me quité con cuidado cada prenda, donde el aroma de él todavía flotaba entre los encajes, me coloqué mis prendas anteriores y salí.

Cada vez que quiero recordar abro el segundo cajón de la cómoda, extraigo el conjunto y me lo coloco como si esperara que el joven de la tienda volviera para ayudarme. 

A veces vuelvo y me compro algo con la vana esperanza de encontrarlo, aunque sé que es difícil ¿quién sabe, lo que puede dar de si un liguero?