Todos sabemos que la caridad bien entendida empieza por uno mismo, pero pocos conocen que cuando la ejerces sobre los demás, estás contribuyendo a que tu espíritu se calme y entre en una especie de armonía con el universo.
Cuidarse a uno mismo es uno de los deberes del ser humano que no debemos olvidar y sí practicar a diario, pero cuando ese trabajo esté realizado podemos encontrar tiempo para dedicarlo a los demás, ya sean familia, amigos, pareja o aquellos que por circunstancias de la vida, no tiene a nadie que se ocupe de ellos.
A veces incluso, la caridad nos puede parecer egoísta ya que al practicarla recibimos mucho más de lo que damos.
Los motivos, realmente, importan poco a quien nos recibe, unas veces con los brazos abiertos y otras de uñas como mis niños del Centro, pero cuando los dejo allí y vuelvo a casa ya estoy pensando que volveré a verlos pronto.
Ejercer la caridad no nos hace mejores ni peores nos hace más humanos.

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