Ya eran muchos meses de chatear y chatear hasta altas horas de la madrugada, prácticamente se lo habían contado todo, trabajos, familia, amigos, sueños, deseos por cumplir.
Él era un hombre muy bien parecido, joven a pesar de haber traspasado con creces la frontera de los cincuenta años y ella se conservada muy bien, porque se cuidaba mucho.
Ninguno tenía hijos, dos seres que una noche de insomnio se habían encontrado, quizás buscándose sin saberlo.
Bajó del coche nerviosa, le latía el corazón como cuando tenía quince años, miró hacia el jardín intentando descubrir si él ya estaba allí, esperándola, pero no alcanzo a ver ninguna figura de hombre con cara de impaciencia.
No obstante, a medida que iba acercándose al punto de encuentro comprobó que sí había un hombre mirándola solo que estaba sentado en una silla de ruedas.
Inconscientemente, se paró, sus ojos se posaron en la silla, nunca le había comentado que el hombre del cual ella estaba totalmente enamorada, se movía en una silla de ruedas ¿quizás él dudaba de que ese incipiente amor se truncaría por su invalidez? pero siendo sincera ¿era ella capaz de iniciar una relación con un minusválido?
Él notó en la expresión de ella la desilusión y se maldijo por no haber sido valiente, ¿por qué no le dijo la verdad? que una bomba le había lanzado con brusquedad sobre el muro de la ciudad perdida, de un país en guerra y que el golpe le partió la columna vertebral de una forma irreversible.
Ninguno era capaz de moverse inmersos ambos en sus propios pensamientos.
Tanto tiempo esperando que la llevaran a escalar, a bailar, a correr bajo la lluvia, esas fantasías cobraron actualidad, con él no las llevaría a cabo.
La cara del hombre mostraba ansiedad, la amaba, de eso estaba totalmente seguro pero ¿ella? ¿qué haría ella? si daba la vuelta y desaparecía lo entendería.
La mujer, sujetó con firmeza el bolso, no estaba dispuesta a dar la vuelta, las citas a ciegas, pensó, tenían estos riesgos, ella quería al hombre sentado en la silla, no era lo esperado, pero lo esperado, es sólo eso, sorpresas.
Se abrazaron, después ella lo besó en la boca y se miraron a los ojos, el amor no está en las piernas, ni en los brazos ni en un cuerpo atlético, el amor está en nuestros corazones.
Juntos pasearon un buen rato, sin barreras, sin prejuicios, el mañana era tan incierto para ellos como para cualquier otra pareja de enamorados.

Es precioso tu relato.
ResponderEliminarCierto en el amor no hay fronteras, se siente con el corazón
Besos y abrazos
Sin palabras. El amor, es eso, la grandeza del alma cuando ésta actúa con la sinceridad de la mirada, y la de ella hacia él fue plena como el amor que sentían mutuamente.
ResponderEliminarBesos.