Se miró por última vez al espejo mientras se ajustaba bien el cuello de la toga, era muy injusto, pensó, que mientras a sus compañeros de carrera les habían tocado los casos: "Urdangarín, Bárcenas, Gürtel", a él, mente preclara donde las haya, le había correspondido juzgar a una joven madre por el mal uso de unas tarjetas de crédito, no obstante, se dijo, se iban a enterar quien era él, para eso su apellido era Cienfuentes de Garzón, y ése linaje marcaba mucho.
-En pie.
Siempre le había gustado que se pusieran en pie cuando él entraba, que supieran quien mandaba en la sala.
El caso ya estaba visto para sentencia y lo tenía muy clarito, esta ladronzuela de tres al cuarto iba a servirle para relanzar su alicaída carrera, este iba a ser un día grande, los anales de la historia se encargarían de mantener viva su memoria.
-¡Póngase en pie la acusada!.
La sala estaba a reventar entre familiares, miembros de asambleas feministas, socialistas, comunistas y periodistas, hasta que los istas ya no cupieron y tuvieron que ver el juicio en otra parte con pantalla de plasma.
-Por el delito del que se ha demostrado fehacientemente cometido, dicto la siguiente sentencia: "Que la acusada sea conducida a Alcatraz, para que al cabo de unos días muera en la silla eléctrica.
Se hizo un silencio sepulcral en la sala, que se podía cortar, hasta que el secretario tiró de la puñeta del juez y acercándose, no sin antes haber tapado el micrófono, comentó.
-Su Señoría, esto es España, Alcatraz está en los EE.UU y lleva cerrada muchos años y aun a riesgo de que me riña, le diré que en España no hay pena de muerte.
El juez asimiló lentamente las palabras de Mataherejes (tal era el apellido del secretario) y volvió a hablar.
-Pues entonces la condeno a cien años y un día.
Ahora si, la sala empezó a gritar y el cabo Buenavista y mejor olfato junto a su subordinado Antunez, se cuadraron delante de la plebe enardecida.
De nuevo el secretario susurró al oído del juez.
-Señoría la máxima pena por este caso de hurto, son tres años.
En medio del alboroto se oyó la voz atronadora del juez.
-¡Pardiez jovenzuela! ¿no había otra cosa que robar que comida, pañales y artículos de primera necesidad? ¿por qué no robo usted una cazadora de piel o un reloj de oro? ¿no se da cuenta de que me está usted dejando en ridículo?
Fue entonces cuando al juez le dio una apoplejía y cayó con gran estruendo sobre el micrófono emitiendo éste un sonido chirriante que hizo que todos se taparan los oídos.
Para entonces el caso había llegado a oídos del Rey que dejando a un lado el barquito de papel que navegaba plácidamente por la bañera, pidió que se redactara de forma urgente el indulto.
Así fue como en un país llamado España, se evitó meter en la cárcel a una mujer que, aun habiendo delinquido, nada tenía que ver con otros ladrones que pululaban a sus anchas por las ciudades con la sonrisa cómplice de quien sabe que su delito quedará impune.
FIN.

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