Tuvo que hacer un gran esfuerzo para localizar el móvil que sonaba insistentemente desde hacía un buen rato.
-¿Si?
Su voz sonó ronca a través del pequeño aparato, la asistenta social se lo apartó del auricular instintivamente.
-¿Sr. Suárez?
-Si soy yo, ¿quién llama?
-Soy Gertrudis del centro de menores de San Isidro.
Su cabeza todavía le daba vueltas, la borrachera de anoche había sido de las que hacen época, no recordaba ni siquiera el último bar del que le habían tirado a la calle sin contemplaciones.
-Se ha equivocado de número señora, lo siento.
-Creo que no, tengo sentada frente a mí a su sobrina Catalina, la hija de su hermana Cecilia.
En el cerebro de Roberto el nombre de Cecilia se abría paso a trancas y barrancas intentando recordar, su hermana sí, a la que hacía quince años que no veía.
-Siento decirle que su hermana y su cuñado –dudó un instante al mirar a la niña pero sabía por experiencia que no hay manera de acolchar las malas noticias- murieron hace dos días en un trágico accidente de coche. La niña nos ha hablado de usted, dice que es su única familia, que no le conoce de nada pero se acordaba de su nombre.
Roberto tragó saliva, esta le devolvió un regusto a whisky. Tenía una sobrina, su hermana le había llamado el día del parto, pero él estaba tan borracho que dio una especie de enhorabuena y colgó sirviéndose el enésimo vaso del día. No hubo más contacto, su hermana no volvió a llamar y él siguió con su vida, con su pésima vida de borracho.
Oyó el sonido de la puerta, como siempre Carmen, su asistenta, llegaba puntual como cada martes. Era la única a la que Roberto dejaba meterse en su vida, por lo demás vivía aislado en el pequeño palacete heredado de su mujer. Ideal para pintar aquellas telas macabras, horrendas, que sin embargo su marchante conseguía colocar a muy buen precio. Roberto –le decía- eres un atormentado pero tus pinturas nos harán millonarios.
-¿Sigue usted ahí?
La voz de Gertrudis le devolvió a la realidad.
-Sigo aquí, si, ¿qué quiere de mí?
-Creo que no me ha entendido o quizás yo no me he expresado bien señor Suarez, debe venir y recoger a la niña, es su único familiar vivo, además sabemos que su hermana le nombró su tutor antes de morir.
Carmen pasó por delante de él sin apenas saludar, le extrañó verlo hablar por teléfono, pero hacía años que lo que hiciera aquel loco no le importaba, si acudía una vez por semana era porque así se lo había prometido a su señorita Ofelía, que en paz descanse. La pobre niña.
Cruzó el salón y cerró la ventana por donde el viento helado del invierno se colaba bufando malos augurios.
-Carmen tengo que ir a la ciudad, quiero que me escuche atentamente-en su cabeza rebotaban las palabras, le dolía enormemente- mi hermana y mi cuñado han muerto en un accidente de tráfico, por lo visto mi sobrina estaba en casa de una amiga por eso no iba con ellos, me han llamado los servicios sociales, soy su único pariente vivo y quieren que la recoja hasta ver qué se hace con ella, ¿podría preparar la habitación de invitados?
Al pronunciar estas palabras los recuerdos se agolparon persistentes en su retina, otra época, su boda, la casa llena de invitados y Ofelia bellísima saludando a unos y a otros y él con la copa de champagne en la mano viéndola volar de grupo en grupo y su risa.
-Sacaré las sábanas del armario, Dios sabe la de años que llevan guardadas.
-Haga lo que quiera pero caldee la casa antes de irse, hace un frío infernal.
Carmen lo miró, ¿cómo un hombre amargado y borracho iba a criar a una niña huérfana? Movió la cabeza de un lado a otro y salió dando un respingo.
Con las indicaciones de Gertrudis y habida cuenta de que llevaba sobrio más de dos horas, Roberto llegó sano y salvo al centro. Como todos los edificios de la ciudad, este tenía una arquitectura gris y triste, unas paredes desconchadas y escasas ventanas, más bien le recordó a la cárcel cercana.
-Oh, ya ha llegado, pase conmigo luego iremos a por la niña.
Se notaba que aquella mujer, más gris todavía que el propio centro, tenía ganas de terminar pronto los trámites, quizás le esperara en casa una madre anciana o un marido aburrido como ella –pensó Roberto.
-Mire así están las cosas, tenemos los centros a rebosar de menores abandonados, pero este no es el caso de su sobrina, ella ha vivido hasta ahora con sus padres y no viene de un hogar roto, eso sí tengo que decirle que desde el accidente no ha vuelto a hablar, nos escribió su nombre en un papel, por eso le buscamos, alguien dijo que usted era un afamado pintor y logramos encontrar a su marchante, este nos dio su teléfono al contarle de qué se trataba.
Tenía una voz pegajosa, muy desagradable, Roberto empezaba a impacientarse, quería huir de ese lugar con la niña.
-Ahora ya podemos pasar a por la niña.
Abrió otra habitación, sentada con una pequeña bolsa entre las manos, estaba Catalina, su mirada ausente impresionó a su tío, no tendría más de trece años, pero parecía una mujer madura.
-Catalina, cariño, te presento a tu tío Roberto, ha venido a recogerte, te irás a su casa hasta que decidamos entre todos que es lo que más te conviene.
La niña se levantó, agarró la bolsa con fuerza y caminó hacia ellos, ambos se apartaron para dejarla pasar, caminaba erguida, segura de sí misma. Detrás de ella Roberto pensaba en el lingotazo que se metería entre pecho y espalda nada más llegar a casa, cuando la niña hubiera cenado y se hubiera acostado.
El camino a casa lo hicieron en silencio, ella porque no hablaba y él porque, sencillamente, no tenía ganas de hacerlo
.
En la puerta de la casa Carmen les esperaba, quizás vencida por la curiosidad de esa nueva realidad que se imponía en el palacete a pesar de su dueño.
-No tenía que haberse quedado –le recriminó él.
-No es molestia, supongo que tendrán hambre, les he dejado la cena preparada, no hay más que calentarla.
Mientras hablaba estudiaba con atención a la pequeña, tenía el mismo porte recio que el tío, con las espaldas anchas y el pelo rubio enmarañado.
-Bienvenida hija –le dijo al pasar- ladra, pero no muerde.
Catalina apenas la escuchó sólo deseaba tumbarse en la cama y dormir, quizás dormir para siempre.
La cena transcurrió también en silencio, por respeto a la chiquilla decidió beber cuando esta estuviera dormida, no quería que lo viese en aquel estado ruinoso que adquiría cuando bebía. Sólo el sonido que provenía del acantilado, se filtraba entre ellos dos, otorgando a la casa un aspecto como de lobo herido.
La condujo a su habitación y la dejó allí, sola, silenciosa, posiblemente perdida como él en un mar tortuoso de recuerdos imborrables.
Al llegar a la chimenea, sacó una de las botellas y se dio un buen trago, ni siquiera lo paladeo, ¿qué más daba? La bebida se había convertido en su compañera y la única que no le recriminaba nada.
Era fin de semana, eso le otorgó dos días antes de tener que llevar a la niña al colegio, quizás así llegaran a conocerse un poco, aunque el silencio persistente de la niña lo hacía todo más difícil.
Intentó acercarse a ella pero era rehuido todas las veces, la chiquilla le miraba huraña, apenas comía o cenaba se metía en su habitación.
-Catalina, ya sé que no estás aquí a gusto, créeme, también es duro para mí, yo no he querido vivir con nadie, pero esta es la situación, tendríamos que intentar llevarnos bien al menos.
Roberto no esperaba la reacción de la niña, esta se volvió y por primera vez se dirigió a él con una voz de mujer mayor y desencantada.
-Te odio tío Roberto, te odio con toda mi alma, tú tenías que haber muerto en aquel accidente, tú y no mis padres que eran buenas personas y me querían, sólo eres un triste borracho, que apestas a alcohol, si te odio, te odio, no quiero vivir ¿me oyes?
Con la rapidez de un niño rabioso Catalina abrió la puerta del palacete y salió precipitadamente hacia el precipicio, la tarde amenazaba tormenta y Roberto corrió asustado tras ella.
La chiquilla frenó su loca carrera frente al abismo donde un mar embravecido anunciaba una nueva tormenta.
-No des un paso más Ofelia.
Catalina miró asombrada a su tío, la había llamado Ofelia, ¿quién era Ofelia?
-Si te tiras al vacío no podré resistirlo y me tiraré detrás de ti, ¿me oyes? tú no mataste a nuestro bebé.
Ahora sí que los truenos restañaban contra la tierra, iracundos, apagando las palabras del hombre que se había arrodillado y hablaba sin apenas ver a Catalina.
Pero Roberto no veía a Catalina, veía a Ofelia con el niño muerto entre sus brazos, llorando, gritando le mostraba al bebé, estaba enloquecida y él intentaba acercarse, calmarla, pero era tarde la madre había encontrado al niño muerto en la cuna y su desesperación la había conducido al borde del acantilado. Alargó los brazos pero era demasiado tarde, ella se arrojó con el niño pegado a su pecho y él se quedó allí, sin aliento, el fuerte viento golpeándolo sin piedad.
Cuando se asomó pudo verlos allí, sobre las rocas como muñecos rotos.
Se quedó solo, herido de muerte, sin sentimientos dentro de él.
La niña caminó despacio hacia el hombre que permanecía arrodillado cubriéndose el rostro con las manos, llorando como un niño y se abrazó a él, al principio con miedo, luego le apretó fuerte mientras sus lágrimas se confundían con las gotas de lluvia. Cuando se hubo calmado, despacio le ayudó a levantarse.
-Ven tío, volvamos a la casa, creo que va a ser una noche muy larga…….
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