Sus dedos se rozaron, fue un breve segundo, cuando ambos quisieron coger la copa que el camarero ponía delante de ellos.
-Perdone,
pensé que era mi copa.
-No,
perdone usted –dijo ella.
Él se vio
reflejado en aquellos hermosos ojos y por un instante olvidó la carta que había
guardado con mucho cuidado en el bolsillo derecho de su chaqueta.
-Pues
la verdad hemos pedido lo mismo un Margarita.
Ella rió, con
una risa fresca, sincera.
-Me
llamo Augusta.
-Bueno, mi nombre es un poco más vulgar –sonrió él- soy Tadeo, Tadeo Salcedo.
El camarero
trajo la segunda copa y se disculpó por la tardanza echándole la culpa al nuevo
que acababa de incorporarse y no andaba muy fino aún.
-¿Nos
sentamos Augusta?
-Será
un placer Tadeo.
Eligieron un
sitio discreto cercano a la barra que a aquellas horas estaba casi vacía. El
hotel no era del todo elegante pero conservaba cierto señorío de haber conocido
tiempos mejores.
Vistos así,
sentados, sus edades podían oscilar entre los cuarenta y cincuenta años, él era
un hombre atractivo, su pelo empezaba a ponerse canoso y sus ojos de un azul
intenso le daban aspecto de hombre frío, aunque un mechón rebelde que le caía
juguetón sobre la frente se empeñara en demostrar lo contrario.
Ella en cambio,
era de una edad indefinida, algo menuda y delgada, se movía con gracia aupada
en unos imponentes zapatos de salón, posiblemente, muy caros.
-Y
bien Tadeo, ¿puedo preguntarte que haces en este coqueto hotel de una ciudad
como esta?
El estuvo
tentado de contarle la verdad, pero se dijo que ella era demasiado hermosa para mezclarla con penas incurables.
-Pues
por lo visto hay una restaurante aquí cerca que hace las mejores “Almejas a la
Marinera” de toda Galicia y me he dicho, ánimo muchacho a por ellas.
Ella volvió a
reírse, y el pelo que llevaba recogido en una especie de moño informal, se
soltó cayéndole por la espalda.
-¿Y
tú, cual es tu excusa?
Ella dudo, le
pasó lo que a él, ¿qué necesidad había de contar la verdad?
-Pues
nunca he estado en Galicia y me dije, coge el coche y recórrela, así sin prisa
a mi aire. ¿Por cierto que tal las almejas?
-¿Qué
almejas?
Las mentiras no
eran su fuerte y en esos momentos la carta le pesaba mucho en el bolsillo,
demasiado.
-Si
hombre, las que te acabas de cenar.
-Ah,
pues, deliciosas, realmente, increíbles ha valido la pena el viaje.
Ambos
permanecieron callados durante unos segundos, de pronto el hombre habló.
-Mi
hijo se ha suicidado, acabo de recibir una carta suya, bueno, en realidad, me la
envía mi ex-mujer, lo encontraron ahorcado hace unos días en el garaje de
nuestra casa, su casa, yo ya no vivo en ella, he hecho un alto en el camino, mañana visitaré su tumba.
Parecía que
hababa para sí mismo, sin importarle que la mujer estuviera allí, silenciosa,
escuchando lo que él quisiera contarle.
-Era
mi único hijo, dice que lo hace porque esta vida es un asco y él no quiere
vivirla, nos echa la culpa a su madre y a mí por habernos separado, pero en el
fondo, creo que nunca estuvo bien del todo, solo que yo no quise verlo, ya ves,
médico y no fui capaz de diagnosticar una depresión de caballo a mi hijo, yo
que tenía que haberlo protegido, dieciocho años y no quiere, no quería vivir.
Guardó silencio,
parecía haberse quitado un gran peso de encima como si al contarlo a otra
persona, en realidad a una desconocida, todo cobrara de pronto algo de cordura.
-Me
estoy muriendo –dijo ella bajito- no hay solución, me han hecho todas las
pruebas posibles y he recibido todo tipo de tratamiento, pero el cáncer avanza
rápido, dos, tres semanas con suerte.
-¿Estás segura de que el diagnóstico
es acertado, te han visto varios médicos?
-Totalmente segura, mi cuñado es internista y de los buenos, me muero y si quieres que te diga la verdad, no
estoy ni asustada,
ni enfadada con la vida.
De nuevo, el
silencio se instala entre ambos, mientras, van pasando los minutos, casi se
pueden escuchar como suenan las manecillas en los relojes.
-Oye quizás me taches de atrevido
pero tengo una botella de Bourbon en el cuarto, podríamos subir, estaremos más
cómodos, hay un balcón con vistas a la bahía.
-No me parece mala idea, es más te
diré que me gusta tu invitación, me recuerda otros momentos, otras vidas, otros
lugares.
En el ascensor
ninguno dijo nada, encerrados en sus propios pensamientos, dejaron que el
aparato contara los pisos, uno, dos, tres.
La habitación de
él era muy espaciosa, decorada con gusto, aunque nada estridente. Ella se quitó
el abrigo y lo dejó doblado sobre la silla.
Sacó la botella
que había comprado por impulso, ayer, nada más acabar de leer la carta de su hijo y cogió dos
vasos, le ofreció a ella el suyo y se sentó en el balcón mirando al mar.
-Parece que teníamos que
encontrarnos, dos seres humanos heridos –dijo ella.
-Nada es justo, ni lo de mi hijo ni tu
enfermedad.
-No busques justicia en la vida
Tadeo, porque no la encontrarás, las cosas suceden y solo nos queda resignarnos.
A la escasa luz
de la noche ella no podía estar segura, pero le pareció que él lloraba, que
gruesas lágrimas recorrían su rostro de hombre y ella sintió que, en ése mismo
instante lo amaba, sin más, así, porque sí.
Se levanto y
atrajo la cabeza del hombre hacia su cuerpo, lo abrazó, sintiendo como él
sollozaba sin consuelo. El mar estaba allí para ellos para su dolor infinito, el dolor de los dos. Tengo cincuenta años y no quiero morir, no ahora que lo he conocido, rezó ella en silencio.
Poco a poco los
sollozos cesaron y el hombre fue recobrando la calma.
-Siento que me hayas visto llorar,
no era mi intención, es la primera vez que lloro la muerte de mi hijo.
-Como médico sabes que no se deben
reprimir sentimientos, hay que dejarlos fluir.
¿En qué momento
él se puso en pie, la abrazó y la besó con pasión? Ninguno de los dos supo
decirlo cuando después de hacer el amor, ya descansando de la reciente pasión
se habían mirado uno al otro. Las ropas esparcidas por la habitación de
cualquier forma, indicaban la premura del encuentro.
No quiero enamorarme de ti –dijo
ella- acariciando la cara de Tadeo.
-Amor mío, ya es demasiado tarde, tu
nombre está grabado en mi vida.

No hay comentarios:
Publicar un comentario