sábado, 28 de septiembre de 2013

ESOS LIGUEROS DIFÍCILES





"Marife lencería fina" era una tienda amplia y coqueta, enclavada en el mejor barrio de la ciudad. Hasta entonces, yo no había pensado en comprar nada allí, pero hoy, por fin, el maduro guapo, asesor de la oficina,  reuniendo el valor necesario, me había pedido una cita, cenar con él. 
Así que entré y recorrí con la mirada cada estante, cada batea, hasta que lo encontré.

El liguero negro con puntillas y las medias negras, parecían mirarme con expectación, a su lado, como si no fuera con ella unas braguitas de encaje me lanzaba miraditas.

Presto acudió una dependienta pizpireta a la que cada ojo le iba por un lado, lo que hacía muy difícil hablar con ella.

Tuvo a bien, buscar mi talla y al conjunto le añadió también un bonito sujetador que dormitaba dos perchas más hacia la izquierda. Le di las gracias y corrí con mi botín hacia el probador. A esas horas, la tienda ya empezaba a vaciarse, con mi consabida falta de previsión, solo se me ocurrió coger un bolso grande donde poder meter lo que me quitara y así dejarme puesto el conjunto.

Empecé a desnudarme sin  prisas, las manecillas del reloj marcaban las 20,30 tenía tiempo de sobra para llegar a la cita, sin prisas de última hora.

Cuando ya tenía el sujetador, las braguitas y las medias puestas, intenté colocar el liguero, pero no hubo forma, éste se resistía y se negaba a que lo uniera al maravilloso encaje de las medias.

Asomé la cabeza por entre las cortinillas, pero no atiné a ver a nadie, así que salí a la tienda con la intención de pedirle ayuda a la dependienta. En su lugar un joven increíblemente atractivo colocaba cajas en los estantes. Miré el reloj, tic, tac, tic, tac, ¿qué más daba?

-Perdona, ¿puedes ayudarme? no atino con el liguero y ya voy corta de tiempo.

-Faltaría más, el cliente siempre pide y nosotros ayudamos para que se sienta cómodo.

Se metió conmigo en el probador, se arrodilló delante de mí y posó una de sus manos sobre mi muslo. Una intensa oleada de calor recorrió todo mi cuerpo.

-Oh, perdona ¿tengo las manos frías?

-No, no, es este espacio tan reducido, sigue por favor.

Cuando hubo enganchado las tiras de delante me dio la vuelta suavemente y me colocó de espaldas a él, de nuevo sentí la calidez de sus manos, pero esta vez rozaban mis nalgas en un juego encantador con mi piel, que a esas alturas ya estaba preparada para las caricias que llegaron luego, sus manos recorriendo sitios  que ni yo misma recordaba, su boca, besando recovecos inaccesibles hasta ahora....

El probador se convirtió durante unos minutos en un lugar para la lujuria sin freno y sin medida, ni que decir tiene que hacer el amor con un desconocido al que casi duplicaba la edad y que era insaciable, me hizo perder toda  noción del tiempo.

Se despidió con un beso prolongado y salió del probador sin darme apenas cuenta. Cuando pude reponerme, observé que estaba impecable, la ropa interior en su sitio y el liguero perfecto sobre mis muslos sudorosos..

Salí detrás de él, la dependienta me miró satisfecha, me dijo que el conjunto me quedaba como un guante.

-Dígame, ¿podría llamar a su compañero?

-¿Compañero? estoy sola en la tienda, hoy libra Puri, perdone si la he dejado unos momentos sola, pero estaba colocando unas cajas en el almacén, ¿qué se queda el conjunto?

Miré el reloj, si me daba prisa, aún llegaría a mi cita.

-Si claro, ahora, me lo quito.

Me quité con cuidado cada prenda, donde el aroma de él todavía flotaba entre los encajes, me coloqué mis prendas anteriores y salí.

Cada vez que quiero recordar abro el segundo cajón de la cómoda, extraigo el conjunto y me lo coloco como si esperara que el joven de la tienda volviera para ayudarme. 

A veces vuelvo y me compro algo con la vana esperanza de encontrarlo, aunque sé que es difícil ¿quién sabe, lo que puede dar de si un liguero?



viernes, 27 de septiembre de 2013

TÚ, YO, LA LLUVIA



Tú, yo, la lluvia.
Una tarde cualquiera, de un día como tantos otros, caminaba pensando en sus cosas, hasta que al dejar pasar a una madre con un carrito, giró y la vio allí, sentada dentro del café, con un libro en las manos, con esa belleza serena que él tanto recordaba. No era su ciudad, era la de él y sin embargo…
Tardó unos segundos en tomar la decisión, esos segundos en los que uno sabe que toda la vida te puede dar un vuelco, así de pronto, sin más.

-¿Te importa que me siente?

Ella levantó la cabeza del libro que estaba leyendo y clavó su mirada en la de él. El hombre al que había amado y perdido, estaba ahí delante de ella pidiendo permiso para sentarse en un café, en una ciudad que no era la de ella.

-Claro, yo ya me iba.

E hizo ademán de levantarse, el hombre la sujetó cariñosamente por el brazo.

-Por favor –le dijo- tengo que hablar contigo.

Ella pareció dudar, era una ciudad muy grande, las posibilidades de verlo escasas, pero sin embargo, ahí estaban frente a frente, mirándose. Se sentó y esperó.

-Ha sido toda una sorpresa verte aquí.

-He venido para una entrevista de trabajo, pero mañana ya me voy.

El hombre quiso cogerle la mano pero ella la apartó.

-En realidad, no sé que decir, bueno, hay mucho que decir, pero no sé por donde empezar.

-No quiero escuchar nada, ya lo dijiste todo aquella noche, no me querías y te alejabas de mí, no creo que puedas arreglar eso.

Lo dijo bajito, sin amargura, pero consciente de que sus palabras la iban apartando cada vez más de él.

Se levanto, miró hacia la calle, la tarde se tornaba oscura, quizás como sus propios pensamientos, no, no quería llorar, no delante de él. Recogió el libro se colgó el bolso al hombro y salió, un viento frío le golpeó el rostro.

Él se quedó allí sentado, incapaz de hacer nada, la mirada perdida en el vacío.

Por su bello rostro las lágrimas empezaban a resbalar por sus mejillas cuando escucho como él la llamaba, a gritos, casi con desesperación, se volvió.

-Te quiero, siempre te he querido, no puedo vivir sin ti.


Y la beso, notando el sabor dulce de sus lágrimas, la lluvia que ya empezaba a caer fuerte sobre la ciudad los encontró así, abrazados riendo y llorando a un tiempo.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

UN HOTEL EN LA MADRUGADA








A aquellas horas de la madrugada, la calle estaba casi desierta, un hombre con una gabardina oscura y andares lentos y seguros, se dirigía hacia el lugar de la cita.


El hotel estaba casi en penumbra, un olor penetrante a suciedad lo invadía todo, desde la puerta el recién llegado lo observaba todo, era curioso como sus clientes elegían los lugares. Pasó por delante del mostrador donde una mujer gorda dormitaba emitiendo fuertes ronquidos.

Subió los peldaños muy lentamente, como si le costara tomar la decisión de llegar a su destino o la estuviera retrasando a propósito.

Cinco, seis, siete, se paró frente a la puerta número ocho, el pasillo como todo el hotel permanecía en una oscuridad muy apropiada para el trabajo que había venido a realizar.

No llamó a la puerta, no hacía falta, sabía por experiencia que siempre estaban abiertas, expectantes, como ayudándole a hacer su trabajo, su particular trabajo.

Al abrir, le sorprendió un intenso olor a colonia de hombre, no lo esperaba, la verdad, pero no era desagradable, al contrario, creyó percibir un ligero recuerdo que  acabo por disiparse rápidamente. Más tarde recordaría que era el aroma familiar de su infancia.

Poco a poco sus ojos fueron acostumbrándose a la oscuridad, esto era muy necesario en su trabajo, ya que más de una vez sus clientes habían cambiado de opinión y su vida había corrido serio peligro.

Pero esta vez, todo indicaba que el encargo podría llevarse a cabo, sin problemas.

La habitación era bastante espaciosa, a un lado, la cama estaba revuelta, un armario medio abierto se adivinada al fondo y en medio un sillón,

Sacó el arma despacio, le colocó sin hacer casi ruido el silenciador y se acercó, con pasos sigilosos al sillón rodeándolo.

Un hombre lo esperaba, bien vestido, la expresión serena. Nunca hablaba con sus clientes, era la norma, ejecutaba el encargo, rápido, profesionalmente, sin tiempo a que nadie reaccionara, así era su trabajo. El cliente siempre manda, si querían que él los matara sería por algo, siempre habían motivos, pero esta vez bajó el arma, el hombre que lo miraba totalmente tranquilo era su hermano pequeño al que hacia muchos años que no veía.

-¿Tommy? - preguntó incrédulo.

-Si, no sabía si me reconocerías, por favor siéntate, quiero contarte algo.

El hombre de la gabardina obedeció, buscó una silla y se sentó frente a él, la Ruger Mark con silenciador reposaba en su regazo sin dejarla de la mano.

-Me estoy muriendo hermano, no hay cura, sé lo que vas a decir, que eso no es motivo para que quiera morir, pero sí, si lo es, no he tenido una vida fácil, yo como tú me dedico a matar gente, cuando salí del orfanato te busqué, pero nadie supo decirme, al final me cansé de hacerlo, entré en una banda de delincuentes juveniles, mi primera muerte fue en un atraco a un supermercado, no tenía porque haber pasado, pero pasó, el dueño se resistió y yo le disparé. Para la banda fue genial, me nombraron su jefe y empecé una carrera de muertes y destrucción personal hasta hoy. Llevo demasiadas cosas malas a mis espaldas.

El hombre de la gabardina permanecía callado. El otro hombre prosiguió su relato.

 -Hace dos años me diagnosticaron la enfermedad de Huntington, no hay remedio posible y la muerte que sobreviene es muy dolorosa, ahora mismo estoy sufriendo graves dolores que me impiden casi caminar. Pregunté por ahí, a pesar de haber quitado muchas vidas, no soy capaz de quitarme la mía, por eso, te necesito, alguien por casualidad, me habló de un tipo que hacía un trabajo un tanto, peculiar, no mataba por placer, lo hacía por encargo y nunca se ensañaba, simplemente cumplía con lo acordado, supe que eras tú, por como te describieron, no me preguntes por qué. En la mesita tienes el resto del dinero, siento que nos hayamos encontrado en estas circunstancias hermano, pero si alguien tiene que hacerlo prefiero que seas tú.

Su cara se contrajo en un rictus de sufrimiento, por un instante todo quedó suspendido en aquella habitación, cada hombre sopesaba la decisión tomada.

El primer disparo, le atravesó el corazón, pero él era un profesional, realizó el segundo para comprobar que todo estaba bien. Abrió el cajón sacó el sobre abultado, se lo puso en el bolsillo de la gabardina y salió con tanto sigilo como había entrado.

Fuera, la noche se había tornado fría, así que se subió el cuello de la gabardina y aceleró el paso, cuando llegó a la puerta del orfanato, la calle estaba totalmente desierta, introdujo con cuidado el sobre con el dinero en el buzón y siguió su camino, sin mirar atrás, cada caso, un sobre, cada sobre, algo de consuelo a los huérfanos como él.