viernes, 27 de septiembre de 2013

TÚ, YO, LA LLUVIA



Tú, yo, la lluvia.
Una tarde cualquiera, de un día como tantos otros, caminaba pensando en sus cosas, hasta que al dejar pasar a una madre con un carrito, giró y la vio allí, sentada dentro del café, con un libro en las manos, con esa belleza serena que él tanto recordaba. No era su ciudad, era la de él y sin embargo…
Tardó unos segundos en tomar la decisión, esos segundos en los que uno sabe que toda la vida te puede dar un vuelco, así de pronto, sin más.

-¿Te importa que me siente?

Ella levantó la cabeza del libro que estaba leyendo y clavó su mirada en la de él. El hombre al que había amado y perdido, estaba ahí delante de ella pidiendo permiso para sentarse en un café, en una ciudad que no era la de ella.

-Claro, yo ya me iba.

E hizo ademán de levantarse, el hombre la sujetó cariñosamente por el brazo.

-Por favor –le dijo- tengo que hablar contigo.

Ella pareció dudar, era una ciudad muy grande, las posibilidades de verlo escasas, pero sin embargo, ahí estaban frente a frente, mirándose. Se sentó y esperó.

-Ha sido toda una sorpresa verte aquí.

-He venido para una entrevista de trabajo, pero mañana ya me voy.

El hombre quiso cogerle la mano pero ella la apartó.

-En realidad, no sé que decir, bueno, hay mucho que decir, pero no sé por donde empezar.

-No quiero escuchar nada, ya lo dijiste todo aquella noche, no me querías y te alejabas de mí, no creo que puedas arreglar eso.

Lo dijo bajito, sin amargura, pero consciente de que sus palabras la iban apartando cada vez más de él.

Se levanto, miró hacia la calle, la tarde se tornaba oscura, quizás como sus propios pensamientos, no, no quería llorar, no delante de él. Recogió el libro se colgó el bolso al hombro y salió, un viento frío le golpeó el rostro.

Él se quedó allí sentado, incapaz de hacer nada, la mirada perdida en el vacío.

Por su bello rostro las lágrimas empezaban a resbalar por sus mejillas cuando escucho como él la llamaba, a gritos, casi con desesperación, se volvió.

-Te quiero, siempre te he querido, no puedo vivir sin ti.


Y la beso, notando el sabor dulce de sus lágrimas, la lluvia que ya empezaba a caer fuerte sobre la ciudad los encontró así, abrazados riendo y llorando a un tiempo.

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