miércoles, 25 de septiembre de 2013

UN HOTEL EN LA MADRUGADA








A aquellas horas de la madrugada, la calle estaba casi desierta, un hombre con una gabardina oscura y andares lentos y seguros, se dirigía hacia el lugar de la cita.


El hotel estaba casi en penumbra, un olor penetrante a suciedad lo invadía todo, desde la puerta el recién llegado lo observaba todo, era curioso como sus clientes elegían los lugares. Pasó por delante del mostrador donde una mujer gorda dormitaba emitiendo fuertes ronquidos.

Subió los peldaños muy lentamente, como si le costara tomar la decisión de llegar a su destino o la estuviera retrasando a propósito.

Cinco, seis, siete, se paró frente a la puerta número ocho, el pasillo como todo el hotel permanecía en una oscuridad muy apropiada para el trabajo que había venido a realizar.

No llamó a la puerta, no hacía falta, sabía por experiencia que siempre estaban abiertas, expectantes, como ayudándole a hacer su trabajo, su particular trabajo.

Al abrir, le sorprendió un intenso olor a colonia de hombre, no lo esperaba, la verdad, pero no era desagradable, al contrario, creyó percibir un ligero recuerdo que  acabo por disiparse rápidamente. Más tarde recordaría que era el aroma familiar de su infancia.

Poco a poco sus ojos fueron acostumbrándose a la oscuridad, esto era muy necesario en su trabajo, ya que más de una vez sus clientes habían cambiado de opinión y su vida había corrido serio peligro.

Pero esta vez, todo indicaba que el encargo podría llevarse a cabo, sin problemas.

La habitación era bastante espaciosa, a un lado, la cama estaba revuelta, un armario medio abierto se adivinada al fondo y en medio un sillón,

Sacó el arma despacio, le colocó sin hacer casi ruido el silenciador y se acercó, con pasos sigilosos al sillón rodeándolo.

Un hombre lo esperaba, bien vestido, la expresión serena. Nunca hablaba con sus clientes, era la norma, ejecutaba el encargo, rápido, profesionalmente, sin tiempo a que nadie reaccionara, así era su trabajo. El cliente siempre manda, si querían que él los matara sería por algo, siempre habían motivos, pero esta vez bajó el arma, el hombre que lo miraba totalmente tranquilo era su hermano pequeño al que hacia muchos años que no veía.

-¿Tommy? - preguntó incrédulo.

-Si, no sabía si me reconocerías, por favor siéntate, quiero contarte algo.

El hombre de la gabardina obedeció, buscó una silla y se sentó frente a él, la Ruger Mark con silenciador reposaba en su regazo sin dejarla de la mano.

-Me estoy muriendo hermano, no hay cura, sé lo que vas a decir, que eso no es motivo para que quiera morir, pero sí, si lo es, no he tenido una vida fácil, yo como tú me dedico a matar gente, cuando salí del orfanato te busqué, pero nadie supo decirme, al final me cansé de hacerlo, entré en una banda de delincuentes juveniles, mi primera muerte fue en un atraco a un supermercado, no tenía porque haber pasado, pero pasó, el dueño se resistió y yo le disparé. Para la banda fue genial, me nombraron su jefe y empecé una carrera de muertes y destrucción personal hasta hoy. Llevo demasiadas cosas malas a mis espaldas.

El hombre de la gabardina permanecía callado. El otro hombre prosiguió su relato.

 -Hace dos años me diagnosticaron la enfermedad de Huntington, no hay remedio posible y la muerte que sobreviene es muy dolorosa, ahora mismo estoy sufriendo graves dolores que me impiden casi caminar. Pregunté por ahí, a pesar de haber quitado muchas vidas, no soy capaz de quitarme la mía, por eso, te necesito, alguien por casualidad, me habló de un tipo que hacía un trabajo un tanto, peculiar, no mataba por placer, lo hacía por encargo y nunca se ensañaba, simplemente cumplía con lo acordado, supe que eras tú, por como te describieron, no me preguntes por qué. En la mesita tienes el resto del dinero, siento que nos hayamos encontrado en estas circunstancias hermano, pero si alguien tiene que hacerlo prefiero que seas tú.

Su cara se contrajo en un rictus de sufrimiento, por un instante todo quedó suspendido en aquella habitación, cada hombre sopesaba la decisión tomada.

El primer disparo, le atravesó el corazón, pero él era un profesional, realizó el segundo para comprobar que todo estaba bien. Abrió el cajón sacó el sobre abultado, se lo puso en el bolsillo de la gabardina y salió con tanto sigilo como había entrado.

Fuera, la noche se había tornado fría, así que se subió el cuello de la gabardina y aceleró el paso, cuando llegó a la puerta del orfanato, la calle estaba totalmente desierta, introdujo con cuidado el sobre con el dinero en el buzón y siguió su camino, sin mirar atrás, cada caso, un sobre, cada sobre, algo de consuelo a los huérfanos como él.

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