A aquellas horas de la
madrugada, la calle estaba casi desierta, un hombre con una gabardina oscura y
andares lentos y seguros, se dirigía hacia el lugar de la cita.
Subió los peldaños muy
lentamente, como si le costara tomar la decisión de llegar a su destino o la
estuviera retrasando a propósito.
Cinco, seis, siete, se paró
frente a la puerta número ocho, el pasillo como todo el hotel permanecía en una
oscuridad muy apropiada para el trabajo que había venido a realizar.
No llamó a la puerta, no
hacía falta, sabía por experiencia que siempre estaban abiertas, expectantes,
como ayudándole a hacer su trabajo, su particular trabajo.
Al abrir, le sorprendió un
intenso olor a colonia de hombre, no lo esperaba, la verdad, pero no era
desagradable, al contrario, creyó percibir un ligero recuerdo que acabo por disiparse rápidamente. Más tarde
recordaría que era el aroma familiar de su infancia.
Poco a poco sus ojos fueron
acostumbrándose a la oscuridad, esto era muy necesario en su trabajo, ya que
más de una vez sus clientes habían cambiado de opinión y su vida había corrido
serio peligro.
Pero esta vez, todo indicaba
que el encargo podría llevarse a cabo, sin problemas.
La habitación era bastante
espaciosa, a un lado, la cama estaba revuelta, un armario medio abierto se
adivinada al fondo y en medio un sillón,
Sacó el arma despacio, le
colocó sin hacer casi ruido el silenciador y se acercó, con pasos sigilosos al
sillón rodeándolo.
Un hombre lo esperaba, bien
vestido, la expresión serena. Nunca hablaba con sus clientes, era la norma,
ejecutaba el encargo, rápido, profesionalmente, sin tiempo a que nadie
reaccionara, así era su trabajo. El cliente siempre manda, si querían que él
los matara sería por algo, siempre habían motivos, pero esta vez bajó el arma,
el hombre que lo miraba totalmente tranquilo era su hermano pequeño al que
hacia muchos años que no veía.
-¿Tommy? - preguntó
incrédulo.
-Si, no sabía si me
reconocerías, por favor siéntate, quiero contarte algo.
El hombre de la gabardina
obedeció, buscó una silla y se sentó frente a él, la Ruger Mark con silenciador reposaba en
su regazo sin dejarla de la mano.
-Me estoy muriendo hermano,
no hay cura, sé lo que vas a decir, que eso no es motivo para que quiera morir,
pero sí, si lo es, no he tenido una vida fácil, yo como tú me dedico a matar
gente, cuando
salí del orfanato te busqué, pero nadie supo decirme, al final me cansé de
hacerlo, entré en una banda de delincuentes juveniles, mi primera muerte fue en
un atraco a un supermercado, no tenía porque haber pasado, pero pasó, el dueño
se resistió y yo le disparé. Para la banda fue genial, me nombraron su jefe y
empecé una carrera de muertes y destrucción personal hasta hoy. Llevo
demasiadas cosas malas a mis espaldas.
El hombre de la gabardina
permanecía callado. El otro hombre prosiguió su relato.
-Hace dos años me
diagnosticaron la enfermedad de Huntington, no hay remedio posible y la muerte
que sobreviene es muy dolorosa, ahora mismo estoy sufriendo graves dolores que
me impiden casi caminar. Pregunté por ahí, a pesar de haber quitado muchas
vidas, no soy capaz de quitarme la mía, por eso, te necesito, alguien por
casualidad, me habló de un tipo que hacía un trabajo un tanto, peculiar, no
mataba por placer, lo hacía por encargo y nunca se ensañaba, simplemente
cumplía con lo acordado, supe que eras tú, por como te describieron, no me
preguntes por qué. En la mesita tienes el resto del dinero, siento que nos
hayamos encontrado en estas circunstancias hermano, pero si alguien tiene que
hacerlo prefiero que seas tú.
Su cara se contrajo en un
rictus de sufrimiento, por un instante todo quedó suspendido en aquella
habitación, cada hombre sopesaba la decisión tomada.
El primer disparo, le atravesó
el corazón, pero él era un profesional, realizó el segundo para comprobar que
todo estaba bien. Abrió el cajón sacó el sobre abultado, se lo puso en el
bolsillo de la gabardina y salió con tanto sigilo como había entrado.
Fuera, la noche se había tornado
fría, así que se subió el cuello de la gabardina y aceleró el paso, cuando llegó a la puerta
del orfanato, la calle estaba totalmente desierta, introdujo con cuidado el
sobre con el dinero en el buzón y siguió su camino, sin mirar atrás, cada caso,
un sobre, cada sobre, algo de consuelo a los huérfanos como él.

Sin palabras,me ha encantado. Besazos.
ResponderEliminarMe ha encantado cariño. Muy bueno. Besos y mi felicitación.
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