viernes, 18 de octubre de 2013

A VUELTAS CON LA VIDA



Antes de cerrar su casa, ¿quién sabe si para siempre? María miró por última vez la estancia que hacia las veces de salón y de recibidor. Recorrió cada rincón y en cada uno de ellos imágenes olvidadas en el tiempo le vinieron a la mente. Momentos vividos, con su hija, una adolescente que crecía muy rápido, enseñándole cosas que ella ya no recordaba, porque era una mujer adulta con un pasado intrincado de vivencias.
Recordó a sus amantes, casi con exquisita nitidez, cada encuentro, cada caricia gozada, cada suspiro, un sexo bueno, consentido, agradable. Cada uno de ellos le había aportado algo, unas veces maravilloso y otras apenas un vago recuerdo.
Pero por encima de todo, pensó antes de cerrar la puerta, en el paso tan decisivo que iba a dar.
¿Qué hacia ella una mujer de cincuenta y cinco años, con una hija adolescente, cambiando su vida, que tanto le había costado poner en marcha, por las promesas de amor de un hombre, que hasta la fecha de conocerla a ella había cambiado de cama, cuando se le apetecía? A  pesar, de haber hecho las maletas, de cerrar ¿temporalmente? su consulta, dudó, todo lo que dejaba atrás, se creó con esfuerzo y dolor, costó mucho recobrar la serenidad suficiente para encauzar una vida caótica de vaivenes constantes y ahora como si fuera una broma cruel del destino, éste le ponía en la tesitura de elegir, ella con todas sus consecuencias o un amor por construir.
Estuvo tentada de dejar la maleta en el suelo coger su celular y llamarlo. Calculó que era la hora del almuerzo, él debía de estar en su despacho comiendo algo frugal. Abrió el celular y cuando iba a marcar, se dijo así misma que era una grandísima cobarde, que su vida estaba cambiando, que su pasado le decía adiós y que nada es eterno y todo es cambiable, que a seiscientos kilómetros un hombre que decía que la amaba la esperaba para compartir con ella su vida y que por muy asustada que ahora se sintiera, esas mariposas que ahora tenía en el estómago se morirían de pena y aburrimiento si ella no tomaba la decisión arriesgada.
Cerró el celular, acabó de poner las maletas en el coche y miró su casa por última vez.
Emprendió el viaje al cambio, a lo inesperado, al amor que la esperaba ansioso y se dijo: “¿Por qué no?
A Marta con todo mi cariño.