LA ISLA
A esas horas, el acantilado gruñía como si
mil puñales desgarraran sus oscuras entrañas. El hombre avanzó seguro de sus
pasos a pesar de que la noche era cerrada. La pequeña isla no dejaba otra
diversión, pero a esas horas de la madrugada, ni siquiera los lugareños se
arriesgaban a pasear por ella y menos cerca de los abruptos acantilados.
El sargento retirado Jiménez del cuerpo de
élite de la policía española la había elegido para sanar sus heridas, las
físicas y las del alma.
La isla y sus moradores le habían acogido con
frialdad, gentes dedicadas a la pesca, encerrados en su mundo de redes y
aparejos, no querían saber nada de nuevos habitantes, allá cada cual con sus
fantasmas. Odelia, la mujer que le hacía de ama de llaves, le explicó que la
isla, debido a su orografía estaba apartada del mundo y que sus habitantes eran
tan fríos y despiadados como la propia isla que, a buen seguro, estaba maldita.
Jiménez era un hombre curtido en mil peleas
callejeras, incluso con la Mafia, instalada en el este de España. Su nombre
imponía respeto en el Cuerpo y solo se resquebrajó algo su templado instinto
cuando descubrió que su mujer se estaba acostando con su superior. El sargento
pidió un inmediato traslado y acciones que implicaran más riesgo, hasta que una
bala que no iba destinada a él, le atravesó el pulmón dejándole medio muerto en
el suelo, mientras un gran charco de sangre le iba manchando el uniforme y
dejaba que la vida se le escapara poco a poco.
A pesar de la lluvia y el viento atinó a ver
como dos figuras discutían, uno de ellas llevaba algo en la mano, pero a la
distancia en la que él estaba no atinaba a ver bien, podría ser un arma, una
pistola o un cuchillo, el sargento hizo ademán de echarse mano al cinto, pero
se acordó de que dejaba en casa su arma reglamentaria, el pecho se le resentía,
con la lluvia la herida de bala le daba punzadas terribles.
De pronto se oyó una detonación en la noche,
que hizo que Jiménez se parara en seco, su instinto de sabueso hizo que
adivinara lo que venía a continuación, unos pasos se acercaban hacia él con
rapidez, miró alrededor, solo unos matorrales lo suficientemente altos podrían
esconderle a la mirada del que posiblemente había disparado, sin arma él
también era un blanco fácil, se agachó y contuvo la respiración. Muy cerca las
pisadas se detuvieron, podía escuchar la respiración del hombre o mujer que se
tomaba un tiempo ¿para qué? Asomando la cabeza apenas, distinguió unas botas de
hombre, gastadas y comidas, su color verde chillón las delataba. Calculó las
posibilidades de abalanzase sobre el portador de las botas, pero la herida le
dolía demasiado, no habría podido tumbar ni a una mosca, maldijo su poca
prudencia, su manía de no esperar hasta llevar bien puesto el chaleco
antibalas. Las pisadas se reanudaron y se fueron apartando de él hasta que ni
siquiera fu capaz de vislumbrar nada que no fuera un tenue rayo de luna
iluminando el camino.
Siempre, llevaba consigo una pequeña
linterna, la encendió y se dirigió hacia el acantilado, estaba seguro de lo que
iba a encontrar.
Le costó reconocerla, el asesino le había
disparado en toda la cara, pero el abrigo era inconfundible, desde que la vio
pasear por el pueblo con él puesto, aquella mujer extravagante ya muy mayor, consiguió que él se
fijara en ella.
Madame Matilde la llamaban las malas lenguas,
decían que en otros tiempos había sido prostituta y que aprovechando un
descuido de su chulo, huyó con una gran cantidad de dinero del club donde
trabajaba y que por eso estaba en la isla, para escapar de un pasado sórdido,
pero según había oído tan solo llevaba cuatro meses en la isla y no salía casi
de casa.
Dentro de poco amanecería era inútil quedarse
allí, tampoco podía hacer nada por la mujer, así que decidió volver a casa, la
herida le dolía mucho y allí estaban las pastillas mágicas, esas que le hacían
olvidar todo, hasta el nombre de la mujer que le traicionó y el amigo que le
robo lo que más quería.
Barroso, se estaba preparando el desayuno
cuando la agria voz de su mujer le recordó que hoy tenían invitados y que por
tanto más le valdría no llegar tarde. Con una mueca burlona que pretendía
imitar la voz desagradable de ella Barroso siguió con sus quehaceres matutinos
antes de dirigirse a la comisaría.
Los policías Rosales y Maroto ya estaban en
sus mesas, hacían como que gestionaban algo pero en realidad el trabajo
policial en la isla era más bien escaso.
Jiménez se había ido a casa, por experiencia
sabía que en un lugar como la isla, nadie atendía antes de las ocho de la
mañana así que decidió desayunar y después tranquilamente, dirigirse a la
comisaría de policía.
Llegó casi a la vez que Barroso que lo saludó
con un frío.
-Hombre Jiménez ¿qué le trae por aquí?
-Vengo a denunciar un asesinato
Consiguió llamar la atención de los tres hombres que lo miraron
incrédulo.
Barroso volvió a preguntar.
-¿Aquí en mi isla, un asesinato?
-Pues si, en su isla, sí, un asesinato cometido sobre las cinco de la
madrugada más o menos.
-¿Y nos lo comunica usted ahora?
-He tenido que ir a casa a por mis pastillas, la herida me dolía
mucho, debí quedarme dormido, mintió.
-Siéntese.
Fue una orden, más que una invitación amable.
-Cuéntemelo todo y no se deje detalle.
El sargento Jiménez, comenzó su declaración
de los hechos con un tono neutro, sin apenas levantar la voz, cuando iba a
explicar que sabía quien era el asesino por el hecho de ser dueño de unas botas
horrorosas. Rosales abrió un armario en ese momento. Jiménez miró por
curiosidad y allí estaban, llenas de barro, su dueño no las había limpiado aún,
tras usarlas en la madrugada.
-Prosiga.
Barroso lo escrutaba tras su mesa de despacho.
-Eso es todo, no vi más, me acerque comprobé que estaba muerta y volví
a casa, fin de la historia.
La visión de las botas cambió todo, si el
asesino estaba en la misma comisaría las cosas cambiaban.
-Rosales, Maroto acompañen al sargento al lugar de los hechos, yo me
reuniré con ustedes en breve.
Salieron y la intensa luz de la mañana
deslumbró a los tres hombres, subieron al coche y se encaminaron al lugar de
los hechos, guiados por Jiménez. Iban callados cada uno a lo suyo, pero al
sargento no se le quitaba de la cabeza la visión de aquellas botas en el
armario de la comisaría.
El cuerpo seguía allí, como él lo recordaba,
a la luz del día aún era más evidente la brutalidad del disparo, posiblemente
con una escopeta de caza.
Rosales empezó a hacer fotos al cadáver
mientras Maroto se agachaba y lo examinaba de cerca. Jiménez los observaba
hacer, pensando que quizás alguno de ellos era el asesino de la madame ¿pero
quién?
-Jefe, el sargento dice la verdad, aquí está la señora Clotilde,
muerta y bien muerta, hemos llamado al forense, está de camino.
-No toquen el cuerpo que voy para allá.
Colgó el teléfono con expresión preocupada,
un asesinato en su isla era un fastidio y mucha faena por no hablar de los
cuchicheos y habladurías. Cerró la comisaría justo cuando la novia de Rosales
se acercaba para limpiarla como hacía dos veces por semana.
-Hola Fuencisla, te dejo abierto, tengo que salir pitando.
-Jefe ¿pasa algo?
-Nada que te importe –contestó mientras subía al coche.
Fuencisla era la novia de Rosales desde hacía
ya cinco años y por fin iban a casarse en unas semanas. La chica era muy
paradita pero como limpiadora el Jefe Barroso no tenía nada que objetar.
Cuando llegó sus hombres y el forense, la
isla aunque pequeña contaba con un forense, lo esperaban hablando animadamente,
más alejado como si el tema no fuera con él, Jiménez golpeaba piedrecillas con
el pie.
A pesar de haber pasado la tormenta, el aire
se había tornado frío, casi gélido. El cadáver se mantenía en perfecto estado,
pero allí no habían pruebas que delataran al asesino.
El coche fúnebre que hacía las veces de
furgón llego trasteando por el sinuoso camino y se paró lo más cerca que pudo.
Otilio personaje algo siniestro sacó la camilla y la bolsa que tenía para estos
casos y que era la primera vez que usaba en toda su larga historia de
enterrador municipal. Otilio, tenía alrededor de setenta años y nadie sabía de
donde había venido pero llevaba en la isla muchos años, no daba guerra y no se
mezclaba con sus gentes.
-Otilio, ya puede llevarse el cadáver, aquí ya hemos terminado.
Barroso no era mal jefe, respetado por sus
hombres, que, sin embargo lo consideraban un calzonazos en lo referente a su
matrimonio.
Jiménez se subió de nuevo en el coche
patrulla, pensó que el caso estaba resuelto, solo necesitaba saber quien se
había puesto las botas por última vez y ello le llevaría derecho al asesino.
Les acompañó de nuevo a la comisaría, cual
fue su sorpresa al entrar y ver a una mujer con las botas, limpiando la
oficina, por supuesto las había limpiado antes de ponérselas.
Se la quedó mirando, él se las daba de
experto cuando miraba a alguien a la cara, en ese preciso instante sabía si le
mentían o no, pero esta chica poco agraciada y delgaducha no le provocaba nada,
nada de nada, volvió a mirarla.
-A ver Jiménez deje de mirar a mi futura mujer o tendré que arrearle.
-¿Su futura mujer?
Rosales agarro a la chica por la cintura y se
la presentó, Fuencisla, nos casamos dentro de unas semanas.
El argento alargó la mano y estrechó la de la
muchacha que lo miró distraída mientras gritaba a Barroso que dejara de pisarle
lo fregado.
¿Qué debía hacer, hablar con Barroso y
decirle que ya sabía el nombre de la asesina?
-Jefe, me gustaría hablar con usted, a ser posible en su despacho, a
solas.
-¿Tiene que ser ahora?, estoy de trabajo hasta el culo, comprenderá
que lo del asesinato nos tiene muy entretenidos.
-Si ahora –suavizó un poco el tono.
-Está bien pase.
Ambos hombres tomaron asiento, Barroso
rebuscaba nervioso entre sus papeles, encontró una hoja y la guardó en el
cajón.
-Usted dirá, pero rapidito.
-Sé quien mató a Clotilde, aunque no sé el móvil, lo confieso.
El jefe lo miró boquiabierto.
-O sea que lo vio anoche como la mataba.
-No exactamente, le vi las botas cuando estaba escondido.
-¿Cómo que le vio las botas? estaba oscuro según nos contó.
-Si pero estas botas son inconfundibles, venga conmigo.
Lo acercó al cristal que separaba el despacho
del resto de la comisaría.
Barroso se fijó entonces en Fuencisla que
seguía limpiando las mesas con aquellas absurdas botas fluorescentes puestas.
-¿Cree que Fuencisla la mató?
-No me queda otra que pensarlo si, reconocería esas horrorosas botas
en cualquier lugar.
-Entonces no perdamos tiempo. Cisla, hija, ven un momento.
La chica iba a protestar cuando vio la
expresión de seriedad en el rostro de Barroso.
-Pasa y siéntate el sargento y yo queremos hacerte unas preguntas.
¿Dónde estabas, anoche de madrugada?
-Pues durmiendo jefe, durmiendo a pierna suelta, mi madre puede
confirmarlo, llámela.
El jefe cogió el teléfono y marcó el número
de la casa de la asistenta, al instante una voz chillona le respondió.
-¿Diga?
-Amadea soy Barroso, contésteme a esto ¿ayer durmió Cisla en casa?
-¿Es una broma?
-Usted conteste.
-Pues claro que si, aún no está casada, pardiez, que ni se le ocurra
dormir en otro lado, que la mato.
El Jefe tuvo que apartar el auricular debido
a los gritos que la mujer profería por el teléfono, intentó calmarla y colgó.
-Está bien puedes irte.
La chica se levantó con un mohín de disgusto
y salió dando un portazo.
-Estamos como al principio, esas botas están siempre en el armario,
solo las usa ella pero para limpiar aquí, luego se las quita y las guarda ahí, sin
llaves ¿para qué? No hay nada de valor, productos de limpieza y poco más.
-Al menos nadie sabe lo de las botas eso nos da cierta ventaja ¿no
cree?
Jiménez hizo además de levantarse.
-¿A dónde va?
-A ver al doctor, esta herida me duele demasiado, no tema no voy a
salir de la isla.
-Eso espero este tema del asesinato no me gusta nada, pensar que el
asesino sigue entre nosotros.
-¿Por qué dice eso? ¿cómo sabe que no ha salido de la isla?
-No falta ninguna barca, el puerto está cerrado, le digo Jiménez que
quien quiera que haya asesinado a esta mujer aún está aquí.
-Tendré los ojos bien abiertos, si veo algo fuera de lo normal, se lo
diré.
El clima en la isla era húmedo, por primera
vez el sargento tuvo dudas, quizás no fue tan buena idea acudir a aquella isla,
dejada de la mano de Dios.
¿Quién podía querer matar a una vieja
prostituta? De repente se paró, dándose con la mano en la frente, claro,
alguien en la isla quería borrar su pasado y seguro que aquella mujer sabía
demasiado, quizás estaba chantajeando a alguien de la isla, pero ¿cómo
averiguarlo?
La consulta del doctor estaba casi al otro
lado de la isla muy alejada de comisaría, con un movimiento que indicaba frío,
el sargento se subió el cuello de su gabardina y se encaminó hacia allí. A esas
horas la noticia había corrido ya como la pólvora y los corrillos en las
puertas de los establecimientos hacían prever que la noticia sería la comidilla
durante bastantes días.
El doctor le recibió en su despacho de la
consulta, a esas horas no había muchos parroquianos por lo que Jiménez no tuvo
que esperar demasiado para ser atendido.
-Pase, pase, me estoy preparando
un té, si gusta
.
-No gracias, he desayunado muy
bien en casa.
-Me imagino que ha sido una
noche dura para usted, no todos los días presencia uno un asesinato. ¿Dígame
pudo ver al asesino?
-Pues no, tuve que esconderme,
no llevaba mi arma, así que no quise exponerme, ya no estoy en condición de
pelear con nadie y menos con alguien que es un asesino.
-Vaya, una pena, seguro que a
estas horas ya estaría entre rejas.
Jiménez miró uno de los marcos que estaban
sobre la estantería, su costumbre de los viejos tiempos, donde todos los
detalles por insignificantes que fueran contaban, el doctor aparecía muy
sonriente con bastantes años menos y rodeado de algunas mujeres muy jóvenes.
Éste siguió la mirada del hombre, supo en
aquel momento que la mente sabuesa del sargento no tardaría en atar cabos.
-Bien aquí tiene su receta, esto
le calmará los dolores y ahora si me disculpa, debo hacer algunos informes
urgentes.
Cuando Jiménez hubo salido quitó el marco
rápidamente, sacó la foto, la quemó y puso otra de un paisaje. Ahora solo tenía
que pensar en como asesinar al sargento del cuerpo de policía Jiménez.
De repente, todo estuvo claro, el buen doctor
seguramente estaba relacionado de alguna forma con la madame, pero si se lo
decía a Barroso, sin tener ninguna prueba, saltarían todas las alarmas, decidió
ir a su casa y hacer unas cuantas llamadas antes de descubrir el pastel.
-Lola, soy el sargento Jiménez,
necesito que me haga un favor, quiero que busque todo lo que tenga que ver con
la huída de una madame del barrio chino de Barcelona, creo que salió en la
prensa, huyo con mucho dinero, mire a ver si me encuentra algo por favor,
estaré esperando su llamada.
Lola había sido su secretaria durante muchos
años, años de bonanza y de armonía familiar, que el sargento había vivido
entregado en alma y cuerpo a su trabajo de policía sin escatimar sacrificios,
quizás abandonando a su esposa por lo que, en parte, se sentía responsable de
lo ocurrido.
Volvió a dolerle la herida, sin darse cuenta
la noche se acercaba en esta oscura e inhóspita isla perdida en algún lugar.
Encendió las luces, la asistenta le había
dejado preparada la cena, pero no tenía hambre, esperaba ansioso la respuesta
de Lola que a buen seguro no podía tardar.
Se preparó una copa de vino, encendió la
chimenea y esperó. Al cabo su móvil empezó a emitir una suave melodía,
contestó.
-Dígame que tiene algo.
-Algo y jugoso, por lo visto el
que se escapó con la pasta fue un doctor joven que atendía a las prostitutas,
posiblemente ayudado por la madame a la que con toda seguridad dejó tirada a la
primera de cambio. Jiménez ¿está usted ahí?
-Cuelgue el teléfono, ahora y
déjelo donde yo pueda verlo.
El doctor sostenía una escopeta y apuntaba
directamente a la cabeza del sargento.
-Será su segundo asesinato,
tarde o temprano atarán cabos.
-No si usted deja una carta de
suicidio, pensarán que tuvo un pasado turbio con Clotilde.
Por experiencia el sargento sabía que cuando
uno quiere matar a alguien lo hace en los primeros minutos, si no es así, le
proporciona a la víctima algo de esperanza de que la situación pueda cambiar.
-Saque papel y empiece a
escribir.
Arrastró una de las sillas y se sentó, desde
donde estaba dominaba toda la habitación. Jiménez se dirigió a un pequeño
escritorio, sacó papel y bolígrafo mientras sopesaba todas las alternativas. Se
sentó y esperó órdenes.
-Antes de empezar a escribir,
¿no cree que me merezco saber por qué voy a suicidarme? me lo debe.
Al doctor se le veía muy cansado, ojeras
azulonas se le marcaban bajo de los ojos y su cuerpo que antaño se adivinaba
joven y esbelto ahora estaba fofo y viejo.
-Se lo contaré, no hay prisa,
tenemos mucha noche por delante. Todo hubiera ido bien si la perra de Clotilde
no se hubiera rajado a última hora, lo teníamos todo planeado, el robo, la
huída, en realidad yo no pensaba llevarla conmigo, pero la necesitaba porque
ella sabía la combinación de la caja fuerte de ese mal nacido. Así que
planeamos fugarnos con todo ese dinero. El plan iba viento en popa cuando ella
se acojonó, dijo que tenía miedo y que mejor dejarlo. Para entonces ya teníamos
la caja abierta y el dinero metido en una bolsa, así que le di un golpe y la
deje allí tirada en el suelo donde el Rasel la encontró. Le dieron una paliza
ella confesó todo el plan, pero por supuesto yo no iba a seguirlo y para
entonces ya estaba embarcado y sin posibilidad de que me encontraran. Pero la
muy zorra lo hizo, no sé como ni a quien convenció pero un buen día se presentó
en mi consulta y me pidió la mitad del botín. Estuvo observándome durante
meses, sabía que aún me quedaba mucho dinero. Al principio no la reconocí,
estaba muy vieja y la paliza le había dejado secuelas.
-Por eso la mató, por el
chantaje.
-Por eso y porque sabía
demasiado sobre mi vida anterior, puede que esta sea una isla de mala muerte,
pero se vive bien, la gente confía en mí, si esa bruja hubiera hablado todo se
habría ido al garete, mi paz mi reputación todo.
-Una pregunta más, ¿por qué usar
esas botas tan horrorosas?
-Ah, las botas, no quería dejar
las huellas de mis zapatos, como habrá advertido tengo una ligera cojera y mis
zapatos son especiales, no es que Barroso y sus hombres tengan muchas luces
pero no podía arriesgarme. Tengo llave
de la comisaría, por si hay alguna urgencia, así que pensé en usarlas nada más.
Y ahora que ya le he contado todo, empiece a escribir y sin intentar nada.
El sargento empezó a copiar lo que el doctor
le dictaba, estaba seguro que a Barroso le parecería un poco rebuscado pero
¿qué importaba? tanto Clotilde como él, no eran más que extranjeros en una isla
húmeda y fría, sin familia nadie les echaría de menos y los dos casos se
archivarían en un periquete.
-Póngase
la chaqueta y deje la nota encima de la mesa, usted y yo no vamos de excursión.
Jiménez obedeció, desarmado tenía pocas
posibilidades de hacerle frente, aunque el hecho de que llevara una escopeta le
daba cierta ventaja.
-Vamos
hacia el acantilado, así pensarán que todo asesino vuelve al lugar del crimen.
La noche era bastante cerrada y el camino poco visible, ambos hombres caminaban
en silencio, el sargento escuchaba como los pasos del doctor eran discontinuos
debido seguramente a su cojera de modo que cuando escuchó el tropezón se giró
rápidamente pillando al doctor desprevenido, los dos hombres cayeron rodando al
suelo y se enfrascaron en una pelea, la escopeta cayó a pocos metros de ellos.
El sargento había calculado mal las fuerzas de su contrincante y a pesar de la
herida luchaba como un jabato por su vida.
-¡Alto,
quietos!
Los hombres dejaron de pegarse, se separaron
y sentados en el suelo observaron como el jefe Barroso los apuntaba con su
arma.
-Jefe
puedo explicarlo.
-Cállate,
siempre desconfié de ti, por eso me mosqueó el tema de las botas, más de una
vez las has usado para ir a visitar enfermos en zonas empantanadas. Siempre has
pensado que soy imbécil porque soy de pueblo, pues ya ves, te equivocabas. ¡Levántate!
y usted también sargento, esto se ha acabado.
El doctor hizo además de levantarse pero
cogió la escopeta que tenía cerca y disparó a Barroso dándole en un hombro, el
Jefe se tambaleó y cayo sobre el camino sin mediar palabra, pero Jiménez que
había intuido la maniobra del doctor estaba frente a este con el arma de
Barroso. Los dos hombres se contemplaron, podían dispararse y morir, el
silencio en aquella zona abruta de la isla era sepulcral, solo el viento
silbaba con una fuerza inusitada.
-Baje
el arma, tendría que rematar a Barroso y matarme su coartada por los suelos,
¿cómo explicar la muerte del Jefe?
-No
puedo, ya no hay marcha atrás, usted lo sabe, tire el arma y le prometo no
rematar al jefe.
-¿Por
qué tendría que fiarme?
-Le
doy mi palabra, saldré de la isla y él se recuperará, volverá a ver a su
familia.
El sargento se le quedó mirando e hizo ademán de bajar el arma, pero en cuestión
de segundos la volvió a subir y disparó, el doctor cayó abatido con un tiro en
la frente.
-Barroso,
míreme no se duerma, acabo de matar al doctor, corro al pueblo a dar aviso, lo
trasladarán en helicóptero, aguante.
Tuvo que despertar a Maroto y a la enfermera
que cogió su botiquín y corrió al coche, cuando llegaron Barroso había perdido
mucha sangre pero el helicóptero medicalizado ya había partido hacia la isla,
era cuestión de minutos que lo vieran aparecer por el horizonte.
Maroto, con cara compungida, le daba ánimos a
su jefe.
Los dos hombres miraban por encima de las
tumbas del pequeño cementerio, uno de ellos llevaba el brazo en cabestrillo.
-¿Cómo
supo que el asesino de Clotilde era el doctor?
-Por
una foto que tenía en su despacho, se le veía acompañado de muchas mujeres
jóvenes, vamos se notaba que eran prostitutas y dado lo que se decía de ella en
el pueblo que si había sido madame de un burdel, solo tuve que atar cabos. Por
cierto, no le he dado aún las gracias por salvarme la vida Jefe. A estas horas
quizás estaría aquí con Clotilde y el doctor campando a sus anchas.
-Si,
mal sujeto ese doctor, lo calé en cuanto se presentó, traía buenas recomendaciones
posiblemente todas falsas, pero no me gustaba su forma de ser, así que cuando
fui a hablar con usted y los ví salir a los dos, me olí la tajada.
-En
fin, todo ha terminado bien.
Iniciaron el camino de regreso hacia la
comisaría, cuando llegaron a la puerta el jefe Barroso se dirigió al sargento
Jiménez.
-¿Sabe?
creo que esto es el comienzo de algo más que una amistad, le ofrezco colaborar
en los casos que requieran un par de ojos más.
-Cuente
con ello.
Dando media vuelta se alejó con las manos en
los bolsillos sintiendo en uno de ellos el frío tacto de su arma reglamentaría.

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