sábado, 2 de noviembre de 2013

LA ISLA


 

             LA ISLA


                                       A esas horas, el acantilado gruñía como si mil puñales desgarraran sus oscuras entrañas. El hombre avanzó seguro de sus pasos a pesar de que la noche era cerrada. La pequeña isla no dejaba otra diversión, pero a esas horas de la madrugada, ni siquiera los lugareños se arriesgaban a pasear por ella y menos cerca de los abruptos acantilados.

El sargento retirado Jiménez del cuerpo de élite de la policía española la había elegido para sanar sus heridas, las físicas y las del alma.
La isla y sus moradores le habían acogido con frialdad, gentes dedicadas a la pesca, encerrados en su mundo de redes y aparejos, no querían saber nada de nuevos habitantes, allá cada cual con sus fantasmas. Odelia, la mujer que le hacía de ama de llaves, le explicó que la isla, debido a su orografía estaba apartada del mundo y que sus habitantes eran tan fríos y despiadados como la propia isla que, a buen seguro, estaba maldita.
Jiménez era un hombre curtido en mil peleas callejeras, incluso con la Mafia, instalada en el este de España. Su nombre imponía respeto en el Cuerpo y solo se resquebrajó algo su templado instinto cuando descubrió que su mujer se estaba acostando con su superior. El sargento pidió un inmediato traslado y acciones que implicaran más riesgo, hasta que una bala que no iba destinada a él, le atravesó el pulmón dejándole medio muerto en el suelo, mientras un gran charco de sangre le iba manchando el uniforme y dejaba que la vida se le escapara poco a poco.
A pesar de la lluvia y el viento atinó a ver como dos figuras discutían, uno de ellas llevaba algo en la mano, pero a la distancia en la que él estaba no atinaba a ver bien, podría ser un arma, una pistola o un cuchillo, el sargento hizo ademán de echarse mano al cinto, pero se acordó de que dejaba en casa su arma reglamentaria, el pecho se le resentía, con la lluvia la herida de bala le daba punzadas terribles.
De pronto se oyó una detonación en la noche, que hizo que Jiménez se parara en seco, su instinto de sabueso hizo que adivinara lo que venía a continuación, unos pasos se acercaban hacia él con rapidez, miró alrededor, solo unos matorrales lo suficientemente altos podrían esconderle a la mirada del que posiblemente había disparado, sin arma él también era un blanco fácil, se agachó y contuvo la respiración. Muy cerca las pisadas se detuvieron, podía escuchar la respiración del hombre o mujer que se tomaba un tiempo ¿para qué? Asomando la cabeza apenas, distinguió unas botas de hombre, gastadas y comidas, su color verde chillón las delataba. Calculó las posibilidades de abalanzase sobre el portador de las botas, pero la herida le dolía demasiado, no habría podido tumbar ni a una mosca, maldijo su poca prudencia, su manía de no esperar hasta llevar bien puesto el chaleco antibalas. Las pisadas se reanudaron y se fueron apartando de él hasta que ni siquiera fu capaz de vislumbrar nada que no fuera un tenue rayo de luna iluminando el camino.
Siempre, llevaba consigo una pequeña linterna, la encendió y se dirigió hacia el acantilado, estaba seguro de lo que iba a encontrar.
Le costó reconocerla, el asesino le había disparado en toda la cara, pero el abrigo era inconfundible, desde que la vio pasear por el pueblo con él puesto, aquella mujer  extravagante ya muy mayor, consiguió que él se fijara en ella.
Madame Matilde la llamaban las malas lenguas, decían que en otros tiempos había sido prostituta y que aprovechando un descuido de su chulo, huyó con una gran cantidad de dinero del club donde trabajaba y que por eso estaba en la isla, para escapar de un pasado sórdido, pero según había oído tan solo llevaba cuatro meses en la isla y no salía casi de casa.
Dentro de poco amanecería era inútil quedarse allí, tampoco podía hacer nada por la mujer, así que decidió volver a casa, la herida le dolía mucho y allí estaban las pastillas mágicas, esas que le hacían olvidar todo, hasta el nombre de la mujer que le traicionó y el amigo que le robo lo que más quería.
Barroso, se estaba preparando el desayuno cuando la agria voz de su mujer le recordó que hoy tenían invitados y que por tanto más le valdría no llegar tarde. Con una mueca burlona que pretendía imitar la voz desagradable de ella Barroso siguió con sus quehaceres matutinos antes de dirigirse a la comisaría.
Los policías Rosales y Maroto ya estaban en sus mesas, hacían como que gestionaban algo pero en realidad el trabajo policial en la isla era más bien escaso.
Jiménez se había ido a casa, por experiencia sabía que en un lugar como la isla, nadie atendía antes de las ocho de la mañana así que decidió desayunar y después tranquilamente, dirigirse a la comisaría de policía.
Llegó casi a la vez que Barroso que lo saludó con un frío.

-Hombre Jiménez ¿qué le trae por aquí?

-Vengo a denunciar un asesinato

Consiguió llamar la atención de los tres hombres que lo miraron incrédulo.
Barroso volvió a preguntar.

-¿Aquí en mi isla, un asesinato?

-Pues si, en su isla, sí, un asesinato cometido sobre las cinco de la madrugada más o menos.

-¿Y nos lo comunica usted ahora?

-He tenido que ir a casa a por mis pastillas, la herida me dolía mucho, debí quedarme dormido, mintió.

-Siéntese.

Fue una orden, más que una invitación amable.

-Cuéntemelo todo y no se deje detalle.

El sargento Jiménez, comenzó su declaración de los hechos con un tono neutro, sin apenas levantar la voz, cuando iba a explicar que sabía quien era el asesino por el hecho de ser dueño de unas botas horrorosas. Rosales abrió un armario en ese momento. Jiménez miró por curiosidad y allí estaban, llenas de barro, su dueño no las había limpiado aún, tras usarlas en la madrugada.

-Prosiga.

Barroso lo escrutaba tras su mesa de despacho.

-Eso es todo, no vi más, me acerque comprobé que estaba muerta y volví a casa, fin de la historia.

La visión de las botas cambió todo, si el asesino estaba en la misma comisaría las cosas cambiaban.

-Rosales, Maroto acompañen al sargento al lugar de los hechos, yo me reuniré con ustedes en breve.

Salieron y la intensa luz de la mañana deslumbró a los tres hombres, subieron al coche y se encaminaron al lugar de los hechos, guiados por Jiménez. Iban callados cada uno a lo suyo, pero al sargento no se le quitaba de la cabeza la visión de aquellas botas en el armario de la comisaría.
El cuerpo seguía allí, como él lo recordaba, a la luz del día aún era más evidente la brutalidad del disparo, posiblemente con una escopeta de caza.
Rosales empezó a hacer fotos al cadáver mientras Maroto se agachaba y lo examinaba de cerca. Jiménez los observaba hacer, pensando que quizás alguno de ellos era el asesino de la madame ¿pero quién?

-Jefe, el sargento dice la verdad, aquí está la señora Clotilde, muerta y bien muerta, hemos llamado al forense, está de camino.

-No toquen el cuerpo que voy para allá.

Colgó el teléfono con expresión preocupada, un asesinato en su isla era un fastidio y mucha faena por no hablar de los cuchicheos y habladurías. Cerró la comisaría justo cuando la novia de Rosales se acercaba para limpiarla como hacía dos veces por semana.

-Hola Fuencisla, te dejo abierto, tengo que salir pitando.

-Jefe ¿pasa algo?

-Nada que te importe –contestó mientras subía al coche.

Fuencisla era la novia de Rosales desde hacía ya cinco años y por fin iban a casarse en unas semanas. La chica era muy paradita pero como limpiadora el Jefe Barroso no tenía nada que objetar.
Cuando llegó sus hombres y el forense, la isla aunque pequeña contaba con un forense, lo esperaban hablando animadamente, más alejado como si el tema no fuera con él, Jiménez golpeaba piedrecillas con el pie.
A pesar de haber pasado la tormenta, el aire se había tornado frío, casi gélido. El cadáver se mantenía en perfecto estado, pero allí no habían pruebas que delataran al asesino.
El coche fúnebre que hacía las veces de furgón llego trasteando por el sinuoso camino y se paró lo más cerca que pudo. Otilio personaje algo siniestro sacó la camilla y la bolsa que tenía para estos casos y que era la primera vez que usaba en toda su larga historia de enterrador municipal. Otilio, tenía alrededor de setenta años y nadie sabía de donde había venido pero llevaba en la isla muchos años, no daba guerra y no se mezclaba con sus gentes.

-Otilio, ya puede llevarse el cadáver, aquí ya hemos terminado.

Barroso no era mal jefe, respetado por sus hombres, que, sin embargo lo consideraban un calzonazos en lo referente a su matrimonio.
Jiménez se subió de nuevo en el coche patrulla, pensó que el caso estaba resuelto, solo necesitaba saber quien se había puesto las botas por última vez y ello le llevaría derecho al asesino.
Les acompañó de nuevo a la comisaría, cual fue su sorpresa al entrar y ver a una mujer con las botas, limpiando la oficina, por supuesto las había limpiado antes de ponérselas.
Se la quedó mirando, él se las daba de experto cuando miraba a alguien a la cara, en ese preciso instante sabía si le mentían o no, pero esta chica poco agraciada y delgaducha no le provocaba nada, nada de nada, volvió a mirarla.

-A ver Jiménez deje de mirar a mi futura mujer o tendré que arrearle.

-¿Su futura mujer?

Rosales agarro a la chica por la cintura y se la presentó, Fuencisla, nos casamos dentro de unas semanas.
El argento alargó la mano y estrechó la de la muchacha que lo miró distraída mientras gritaba a Barroso que dejara de pisarle lo fregado.

¿Qué debía hacer, hablar con Barroso y decirle que ya sabía el nombre de la asesina?

-Jefe, me gustaría hablar con usted, a ser posible en su despacho, a solas.

-¿Tiene que ser ahora?, estoy de trabajo hasta el culo, comprenderá que lo del asesinato nos tiene muy entretenidos.

-Si ahora –suavizó un poco el tono.

-Está bien pase.

Ambos hombres tomaron asiento, Barroso rebuscaba nervioso entre sus papeles, encontró una hoja y la guardó en el cajón.

-Usted dirá, pero rapidito.

-Sé quien mató a Clotilde, aunque no sé el móvil, lo confieso.

El jefe lo miró boquiabierto.

-O sea que lo vio anoche como la mataba.

-No exactamente, le vi las botas cuando estaba escondido.

-¿Cómo que le vio las botas? estaba oscuro según nos contó.

-Si pero estas botas son inconfundibles, venga conmigo.

Lo acercó al cristal que separaba el despacho del resto de la comisaría.
Barroso se fijó entonces en Fuencisla que seguía limpiando las mesas con aquellas absurdas botas fluorescentes puestas.

-¿Cree que Fuencisla la mató?

-No me queda otra que pensarlo si, reconocería esas horrorosas botas en cualquier lugar.

-Entonces no perdamos tiempo. Cisla, hija, ven un momento.

La chica iba a protestar cuando vio la expresión de seriedad en el rostro de Barroso.

-Pasa y siéntate el sargento y yo queremos hacerte unas preguntas. ¿Dónde estabas, anoche de madrugada?

-Pues durmiendo jefe, durmiendo a pierna suelta, mi madre puede confirmarlo, llámela.

El jefe cogió el teléfono y marcó el número de la casa de la asistenta, al instante una voz chillona le respondió.

-¿Diga?

-Amadea soy Barroso, contésteme a esto ¿ayer durmió Cisla en casa?

-¿Es una broma?

-Usted conteste.

-Pues claro que si, aún no está casada, pardiez, que ni se le ocurra dormir en otro lado, que la mato.

El Jefe tuvo que apartar el auricular debido a los gritos que la mujer profería por el teléfono, intentó calmarla y colgó.
-Está bien puedes irte.

La chica se levantó con un mohín de disgusto y salió dando un portazo.

-Estamos como al principio, esas botas están siempre en el armario, solo las usa ella pero para limpiar aquí, luego se las quita y las guarda ahí, sin llaves ¿para qué? No hay nada de valor, productos de limpieza y poco más.

-Al menos nadie sabe lo de las botas eso nos da cierta ventaja ¿no cree?

Jiménez hizo además de levantarse.

-¿A dónde va?

-A ver al doctor, esta herida me duele demasiado, no tema no voy a salir de la isla.

-Eso espero este tema del asesinato no me gusta nada, pensar que el asesino sigue entre nosotros.

-¿Por qué dice eso? ¿cómo sabe que no ha salido de la isla?
           
-No falta ninguna barca, el puerto está cerrado, le digo Jiménez que quien quiera que haya asesinado a esta mujer  aún está aquí.

-Tendré los ojos bien abiertos, si veo algo fuera de lo normal, se lo diré.

El clima en la isla era húmedo, por primera vez el sargento tuvo dudas, quizás no fue tan buena idea acudir a aquella isla, dejada de la mano de Dios.
¿Quién podía querer matar a una vieja prostituta? De repente se paró, dándose con la mano en la frente, claro, alguien en la isla quería borrar su pasado y seguro que aquella mujer sabía demasiado, quizás estaba chantajeando a alguien de la isla, pero ¿cómo averiguarlo?
La consulta del doctor estaba casi al otro lado de la isla muy alejada de comisaría, con un movimiento que indicaba frío, el sargento se subió el cuello de su gabardina y se encaminó hacia allí. A esas horas la noticia había corrido ya como la pólvora y los corrillos en las puertas de los establecimientos hacían prever que la noticia sería la comidilla durante bastantes días.
El doctor le recibió en su despacho de la consulta, a esas horas no había muchos parroquianos por lo que Jiménez no tuvo que esperar demasiado para ser atendido.

-Pase, pase, me estoy preparando un té, si gusta
.
-No gracias, he desayunado muy bien en casa.

-Me imagino que ha sido una noche dura para usted, no todos los días presencia uno un asesinato. ¿Dígame pudo ver al asesino?

-Pues no, tuve que esconderme, no llevaba mi arma, así que no quise exponerme, ya no estoy en condición de pelear con nadie y menos con alguien que es un asesino.

-Vaya, una pena, seguro que a estas horas ya estaría entre rejas.

Jiménez miró uno de los marcos que estaban sobre la estantería, su costumbre de los viejos tiempos, donde todos los detalles por insignificantes que fueran contaban, el doctor aparecía muy sonriente con bastantes años menos y rodeado de algunas mujeres muy jóvenes.
Éste siguió la mirada del hombre, supo en aquel momento que la mente sabuesa del sargento no tardaría en atar cabos.

-Bien aquí tiene su receta, esto le calmará los dolores y ahora si me disculpa, debo hacer algunos informes urgentes.

Cuando Jiménez hubo salido quitó el marco rápidamente, sacó la foto, la quemó y puso otra de un paisaje. Ahora solo tenía que pensar en como asesinar al sargento del cuerpo de policía Jiménez.

De repente, todo estuvo claro, el buen doctor seguramente estaba relacionado de alguna forma con la madame, pero si se lo decía a Barroso, sin tener ninguna prueba, saltarían todas las alarmas, decidió ir a su casa y hacer unas cuantas llamadas antes de descubrir el pastel.

-Lola, soy el sargento Jiménez, necesito que me haga un favor, quiero que busque todo lo que tenga que ver con la huída de una madame del barrio chino de Barcelona, creo que salió en la prensa, huyo con mucho dinero, mire a ver si me encuentra algo por favor, estaré esperando su llamada.

Lola había sido su secretaria durante muchos años, años de bonanza y de armonía familiar, que el sargento había vivido entregado en alma y cuerpo a su trabajo de policía sin escatimar sacrificios, quizás abandonando a su esposa por lo que, en parte, se sentía responsable de lo ocurrido.

Volvió a dolerle la herida, sin darse cuenta la noche se acercaba en esta oscura e inhóspita isla perdida en algún lugar.

Encendió las luces, la asistenta le había dejado preparada la cena, pero no tenía hambre, esperaba ansioso la respuesta de Lola que a buen seguro no podía tardar.

Se preparó una copa de vino, encendió la chimenea y esperó. Al cabo su móvil empezó a emitir una suave melodía, contestó.

-Dígame que tiene algo.

-Algo y jugoso, por lo visto el que se escapó con la pasta fue un doctor joven que atendía a las prostitutas, posiblemente ayudado por la madame a la que con toda seguridad dejó tirada a la primera de cambio. Jiménez ¿está usted ahí?

-Cuelgue el teléfono, ahora y déjelo donde yo pueda verlo.

El doctor sostenía una escopeta y apuntaba directamente a la cabeza del sargento.

-Será su segundo asesinato, tarde o temprano atarán cabos.

-No si usted deja una carta de suicidio, pensarán que tuvo un pasado turbio con Clotilde.


Por experiencia el sargento sabía que cuando uno quiere matar a alguien lo hace en los primeros minutos, si no es así, le proporciona a la víctima algo de esperanza de que la situación pueda cambiar.

-Saque papel y empiece a escribir.

Arrastró una de las sillas y se sentó, desde donde estaba dominaba toda la habitación. Jiménez se dirigió a un pequeño escritorio, sacó papel y bolígrafo mientras sopesaba todas las alternativas. Se sentó y esperó órdenes.

-Antes de empezar a escribir, ¿no cree que me merezco saber por qué voy a suicidarme? me lo debe.

Al doctor se le veía muy cansado, ojeras azulonas se le marcaban bajo de los ojos y su cuerpo que antaño se adivinaba joven y esbelto ahora estaba fofo y viejo.

-Se lo contaré, no hay prisa, tenemos mucha noche por delante. Todo hubiera ido bien si la perra de Clotilde no se hubiera rajado a última hora, lo teníamos todo planeado, el robo, la huída, en realidad yo no pensaba llevarla conmigo, pero la necesitaba porque ella sabía la combinación de la caja fuerte de ese mal nacido. Así que planeamos fugarnos con todo ese dinero. El plan iba viento en popa cuando ella se acojonó, dijo que tenía miedo y que mejor dejarlo. Para entonces ya teníamos la caja abierta y el dinero metido en una bolsa, así que le di un golpe y la deje allí tirada en el suelo donde el Rasel la encontró. Le dieron una paliza ella confesó todo el plan, pero por supuesto yo no iba a seguirlo y para entonces ya estaba embarcado y sin posibilidad de que me encontraran. Pero la muy zorra lo hizo, no sé como ni a quien convenció pero un buen día se presentó en mi consulta y me pidió la mitad del botín. Estuvo observándome durante meses, sabía que aún me quedaba mucho dinero. Al principio no la reconocí, estaba muy vieja y la paliza le había dejado secuelas.

-Por eso la mató, por el chantaje.

-Por eso y porque sabía demasiado sobre mi vida anterior, puede que esta sea una isla de mala muerte, pero se vive bien, la gente confía en mí, si esa bruja hubiera hablado todo se habría ido al garete, mi paz mi reputación todo.

-Una pregunta más, ¿por qué usar esas botas tan horrorosas?

-Ah, las botas, no quería dejar las huellas de mis zapatos, como habrá advertido tengo una ligera cojera y mis zapatos son especiales, no es que Barroso y sus hombres tengan muchas luces pero no  podía arriesgarme. Tengo llave de la comisaría, por si hay alguna urgencia, así que pensé en usarlas nada más. Y ahora que ya le he contado todo, empiece a escribir y sin intentar nada.

El sargento empezó a copiar lo que el doctor le dictaba, estaba seguro que a Barroso le parecería un poco rebuscado pero ¿qué importaba? tanto Clotilde como él, no eran más que extranjeros en una isla húmeda y fría, sin familia nadie les echaría de menos y los dos casos se archivarían en un periquete.

            -Póngase la chaqueta y deje la nota encima de la mesa, usted y yo no vamos de excursión.

Jiménez obedeció, desarmado tenía pocas posibilidades de hacerle frente, aunque el hecho de que llevara una escopeta le daba cierta ventaja.

            -Vamos hacia el acantilado, así pensarán que todo asesino vuelve al lugar del crimen. La noche era bastante cerrada y el camino poco visible, ambos hombres caminaban en silencio, el sargento escuchaba como los pasos del doctor eran discontinuos debido seguramente a su cojera de modo que cuando escuchó el tropezón se giró rápidamente pillando al doctor desprevenido, los dos hombres cayeron rodando al suelo y se enfrascaron en una pelea, la escopeta cayó a pocos metros de ellos. El sargento había calculado mal las fuerzas de su contrincante y a pesar de la herida luchaba como un jabato por su vida.

            -¡Alto, quietos!

Los hombres dejaron de pegarse, se separaron y sentados en el suelo observaron como el jefe Barroso los apuntaba con su arma.

            -Jefe puedo explicarlo.

            -Cállate, siempre desconfié de ti, por eso me mosqueó el tema de las botas, más de una vez las has usado para ir a visitar enfermos en zonas empantanadas. Siempre has pensado que soy imbécil porque soy de pueblo, pues ya ves, te equivocabas. ¡Levántate! y usted también sargento, esto se ha acabado.

El doctor hizo además de levantarse pero cogió la escopeta que tenía cerca y disparó a Barroso dándole en un hombro, el Jefe se tambaleó y cayo sobre el camino sin mediar palabra, pero Jiménez que había intuido la maniobra del doctor estaba frente a este con el arma de Barroso. Los dos hombres se contemplaron, podían dispararse y morir, el silencio en aquella zona abruta de la isla era sepulcral, solo el viento silbaba con una fuerza inusitada.

            -Baje el arma, tendría que rematar a Barroso y matarme su coartada por los suelos, ¿cómo explicar la muerte del Jefe?

            -No puedo, ya no hay marcha atrás, usted lo sabe, tire el arma y le prometo no rematar al jefe.

            -¿Por qué tendría que fiarme?

            -Le doy mi palabra, saldré de la isla y él se recuperará, volverá a ver a su familia.

El sargento se le quedó mirando e  hizo ademán de bajar el arma, pero en cuestión de segundos la volvió a subir y disparó, el doctor cayó abatido con un tiro en la frente.

            -Barroso, míreme no se duerma, acabo de matar al doctor, corro al pueblo a dar aviso, lo trasladarán en helicóptero, aguante.

Tuvo que despertar a Maroto y a la enfermera que cogió su botiquín y corrió al coche, cuando llegaron Barroso había perdido mucha sangre pero el helicóptero medicalizado ya había partido hacia la isla, era cuestión de minutos que lo vieran aparecer por el horizonte.
Maroto, con cara compungida, le daba ánimos a su jefe.

 Los dos hombres miraban por encima de las tumbas del pequeño cementerio, uno de ellos llevaba el brazo en cabestrillo.

            -¿Cómo supo que el asesino de Clotilde era el doctor?

            -Por una foto que tenía en su despacho, se le veía acompañado de muchas mujeres jóvenes, vamos se notaba que eran prostitutas y dado lo que se decía de ella en el pueblo que si había sido madame de un burdel, solo tuve que atar cabos. Por cierto, no le he dado aún las gracias por salvarme la vida Jefe. A estas horas quizás estaría aquí con Clotilde y el doctor campando a sus anchas.

            -Si, mal sujeto ese doctor, lo calé en cuanto se presentó, traía buenas recomendaciones posiblemente todas falsas, pero no me gustaba su forma de ser, así que cuando fui a hablar con usted y los ví salir a los dos, me olí la tajada.

            -En fin, todo ha terminado bien.

Iniciaron el camino de regreso hacia la comisaría, cuando llegaron a la puerta el jefe Barroso se dirigió al sargento Jiménez.

            -¿Sabe? creo que esto es el comienzo de algo más que una amistad, le ofrezco colaborar en los casos que requieran un par de ojos más.

            -Cuente con ello.

Dando media vuelta se alejó con las manos en los bolsillos sintiendo en uno de ellos el frío tacto de su arma reglamentaría.







           





                          






No hay comentarios:

Publicar un comentario