miércoles, 20 de noviembre de 2013

PUTA VIDA

Se miró en el pequeño espejo de la angosta habitación, donde, si el día se le daba bien, se subía uno o dos clientes mientras la dueña de la pensión hacía la vista gorda por un pequeño donativo mensual que Laila le pagaba religiosamente.
El espejo le devolvió la imagen de una mujer joven, guapa, pero con evidentes signos de haber peleado duro con la vida.
Se guardó el billete en la cajita y depositó ésta bajo una de las baldosas del suelo. Carmen la anterior inquilina, prostituta como ella, se lo había mostrado un día, nadie lo sabía.
"Está suelta, esa bruja no arregla nada, pero a nosotras hoy eso nos hace un favor". Aún recordaba su voz, una voz gruesa de mujer curtida y alcohólica....

Se acostó, notaba sobre su cuerpo los últimos envites de un cliente habitual, un hombre sin capacidad para amar, amargado, viejo, al que, sin embargo, Laila apreciaba, si es que una puta puede apreciar a alguno de sus clientes.
Muchas noches antes de dormir soñaba en como sería volver al pueblo como una señorona, sin decir de donde había sacado el dinero. Se imaginaba la mirada llena de envidia de Bernarda la del horno o la cara de extrañeza de Albino, el farmacéutico de toda la vida y se dormía así con una medio sonrisa entre los labios.
Despertó sobresaltada por unos golpes insistentes en su puerta, se puso una bata que había conocido mejores tiempos y se apresuró a abrir.

-Somos de la policía, vístase, tiene que acompañarnos.

-¿Pero qué ha pasado? –logró balbucear.

-Se lo contaremos por el camino.

Cerró la puerta mientras el hombre y la mujer la esperaban en el oscuro pasillo y se vistió con lo primero que pilló.

Guardó silencio en el coche, sabía de las malas pulgas de la policía y no tenía ganas de meterse en problemas, no ahora que le faltaba tan poco para ver cumplido su sueño.
Al fin aparcaron detrás de la morgue, los peores presagios de Leila estaban a punto de cumplirse.
Entraron en un recinto amplio, pero con un intenso olor que a punto estuvo de hacerla vomitar.

Espere aquí -le dijo el hombre.

 La mujer la miró durante unos segundos, “tiene que identificar un cadáver” le dijo susurrando, como con miedo de que alguien la viera hablando con una prostituta.

-Ya puede entrar, ayer encontramos el cuerpo de una compañera suya de profesión, al registrarlo vimos que llevaba un papel con un nombre y una dirección, necesitamos que nos diga si la conoce.

Laila era mujer valiente, para ser puta había que serlo o no durabas ni dos días en el oficio, pero lo que vio la aterrorizó, en la mesa una mujer cosida a puñaladas yacía ajena a todas las miradas presentes.

Venciendo el horror que esa imagen le producía, se acercó al cadáver un poquito más.

-Es Paca, compartí habitación con ella durante unos meses.

Se apartó y pidió un vaso de agua, la agente salió y al cabo le puso uno en la mano.

-Bien aquí ya hemos terminado, ahora debe acompañarnos a comisaría, tenemos que interrogarla.

-¿Soy sospechosa?

-En principio no, no creo que sea usted capaz de ensañarse tanto con una compañera, no, no lo creo –le dijo el inspector.

El interrogatorio no fue excesivamente duro, a decir verdad ella llevaba dos meses sin saber de Paca poco podía decirles

Salió a la calle y una intensa luz del sol la recibió aportándole algo de calidez al día que tan mal había empezado. Un mes más, se dijo, un solo mes más.

Se bajó del coche y anduvo los pocos metros que le quedaban hasta llegar a la pequeña finquita muy cerca de la plaza Mayor, ésta constaba de bajo y vivienda superior, en la fachada escrito con bonitas letras, podía leerse “Salón de belleza Laila”, sonrió orgullosa, seguramente, existía la posibilidad de encontrarse con un antiguo cliente, pero mientras llegara ese día, ella era Laila la chica de pueblo que volvía de la ciudad para integrarse de nuevo en el pueblo que la vio nacer..


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