domingo, 15 de diciembre de 2013

CUENTO DE NAVIDAD

Otra vez las Navidades -pensó. Fechas de compras de regalos, de felicidad. ¿Pero qué felicidad podía llevar ella a su casa? Allí, desde hacía tres años se había instalado una especie de tristeza que todos intentaban disimular. Años de penuria, de crisis, de no entrar ni un duro, salvo lo que ella ganaba limpiando casas, de niños pidiendo y padres sin saber qué decir.

Almudena, se miró las manos, unas manos gastadas ahora por la faena doméstica y pensó en Raúl, su marido, cuya depresión la estaba volviendo loca, pero al que quería con todas sus fuerzas......
 
Un coche que circulaba con demasiada velocidad, le pasó rozando a la vez que manchaba su falda nueva al pasar con fuerza sobre un charco en la calzada. Almudena le dedicó una serie de improperios mientras miraba el charco. Algo llamó su atención, era evidente que dentro de él algo brillada, bajo de la acera se agachó y metió su mano, al sacarla un collar de diamantes ocupaba casi toda su mano.

Guardó rápidamente en el bolso el collar, por su cabeza se sucedieron a toda velocidad pensamientos, locos, donde venderlo si resultaba ser auténtico, en ese caso ¿qué hacer con el dinero? Almudena, apretó el paso quería decirle a Raúl que se habían acabado los años negros....

Llegó a casa casi sin aliento, al abrir, escuchó la risa de los niños y la voz tranquilizadora de Raúl riñéndolos con cariño
Se quitó presurosa el abrigo, mandó a los niños a su cuarto se sentó frente a él y sacó el collar.
Durante unos segundos el brillo cegador de los diamantes les impidió verse el uno al otro.

-¿Qué narices es esto? preguntó Raúl todavía sin poder ver bien.

-Lo encontré en la calle en un charco y me lo traje a casa.

-Pero Almudena si es bueno esto vale una fortuna, mira el tamaño de los diamantes.

Por primera vez ella reconoció al vendedor de joyas que la había enamorado mucho antes de que la crisis les hubiera golpeado obligándolos a cerrar la joyería que ambos habían levantado con tanto amor y esfuerzo.

-Ahora mismo vamos a la policía y lo entregamos

-¿Estás loco, tú sabes la de gente que te lo compraría mañana mismo sin hacer preguntas? Raúl, vamos a perder la casa, piensa en los niños, seguramente esta gente es millonaria o lo han obtenido con dinero de la droga ¿qué se yo?

Raúl miró a su mujer, la amaba, pero el pasar penurias y soportar su propia depresión la estaban envejeciendo y....la quería tanto

Se acercaba la hora de la cena, Almudena guardó el collar en un paño de terciopelo, en el cajón de la ropa interior, pensó, que difícil es mantener la honradez cuando los tuyos pasan hambre, cerró con cuidado el cajón y se dispuso a ayudar con la cena.

Era Nochebuena, Amudena había trabajado sin descanso en tres casas dejando todo como los chorros del oro, para que otros celebraran con lujos lo que ella iba a celebrar con sus padres y suegros, pero de una forma mucho más modesta. Decidieron dejar a los niños con los abuelos y presentarse juntos en comisaría. Casi estaba desierta solo una mujer policía con cara de pocos amigos atendía en una mesa, se acercaron.

-Siéntense, dijo de mala gana, ustedes dirán.

Fue Raúl el que se adelantó.

-Mi mujer ha encontrado esta joya en la calle.

Abrió el paño y de nuevo el brillo de los diamantes los deslumbro. La policía no dijo nada, posiblemente estaba intentando averiguar las verdaderas razones que tenía la pareja para devolver aquella valiosa joya.

Les tomaron todos los datos y aquella mujer de mirada fría y aburrida les despidió con unas escuetas gracias. En su mano Raúl mantenía el recibo que minutos antes le habían dado por su buena acción.

Llegaron al piso apenas se dijeron nada por la calle, se ducharon y se dirigieron a casa de los abuelos, estaban tristes, meditabundos.

El timbre de la puerta los despertó, era Navidad por Dios ¿quién llamaba a estas horas? De mala gana Almudena fue a abrir, cuando aplicó el ojo a la mirilla solo vio a un hombre joven estupendamente vestido, le extrañó pero aún así abrió la puerta envolviéndose en su bata de seda algo gastada ya.

-¿Es usted la Señora –miró el papel, su acento era raro- Rodríguez?

A estas alturas Raúl asomaba por el pasillo con cara de sueño.

-¿Qué pasa cariño? Oh, buenas ¿qué quiere?

-Señor y señora Rodríguez tengo que entregarles esta carta.

Saludó y desapareció bajando apresurado la escalera.

Allí estaban con la carta en la mano de Almudena, sin saber que decir, se miraron y empezaron a reír.

-¿Tantos pirados sueltos y nos toca a nosotros uno en Navidad?

-Anda cierra la puerta y prepara café los niños están a punto de despertar y con el tema de los regalos no nos dejarán leer.

-¿Ah, pero vas a leerla?

-Claro, venga te espero, corre.

Ante dos humeantes tazas de café abrieron la carta y Almudena empezó a leer:

“Queridos Sres. Rodríguez, soy el marajá de Judhuar,  mi sobrina y yo acudimos hace unos días a una fiesta privada en casa de unos buenos amigos, posiblemente al subir a la limusina a mi sobrina se le cayó el collar de diamantes que ha permanecido en nuestra familia desde tiempos inmemoriales, ahora sabemos que el cierre estaba roto. Este collar tiene para mi familia un valor incalculable sobre todo a nivel sentimental. Debido a los tiempos que corren, pensé que jamás volveríamos a verlo, pero cual fue mi sorpresa cuando ayer por la noche la policía llamó a mi secretario y en veinte minutos tuvimos de nuevo en nuestras manos el valioso collar.
Bien, no quisiera aburrirlos, tengo que pedirles perdón lo primero, me he permitido averiguar algo sobre sus vidas, sé que tuvieron que cerrar un negocio y que las cosas no les han ido muy bien últimamente, es por ello que les comento, si a ustedes les parece bien que mañana tienen una entrevista en el despacho de Albert & Sullivan, mis abogados, quiero que les indiquen cuanto dinero necesitan para volver a abrir su negocio, les ruego que no teman pedir el dinero que necesiten, nadie puede recompensar con nada la honradez que ustedes han demostrado. 
Mi familia y yo siempre les estaremos agradecidos, feliz Navidad. “

Tuvieron que volver a leerla varias veces, se pellizcaron y al final se abrazaron y besaron casi llorando, por el pasillo las voces infantiles anunciaban un año más la Navidad.

























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