domingo, 23 de marzo de 2014

CRISTINA



Estoy aquí en su casa, al fin lo consiguió, una bonita casa abierta a un mar que se cuela por todos sus rincones, tengo entre mis manos uno de sus diarios, le he dicho a mi marido que no se preocupe, que me quedo unos días para vaciar la casa.

Mi tía era una mujer muy especial, hasta donde sé, ha hecho siempre lo que ha querido, algo así como una fuerza desatada de la naturaleza, rebelde e inconformista.

Hace años que nos dijo que se venía a esta isla a vivir, no sé si sola o acompañada, no me importa la verdad.

Levanto la vista y contemplo como el sol se refleja en las tranquilas aguas de la Cala Salada y como el calor trata de abrirse paso después de un duro invierno.

Abro uno al azar, son tres libros pequeños, sospecho que encierran sus últimos años de vida y me dispongo a entrar en ella como un ladrón silencioso.

Sé que a ella no le importa porque me llamó a mí de todos los sobrinos y me encargó esta misión.

“Regala lo que puedas sobrina a quien pueda necesitarlo y lo que te guste te lo quedas”

Esas fueron sus palabras, a los dos días nos llamaron, había fallecido en el hospital público de la isla.

Diario 1:

“No sé  donde nos conducirá esto, nunca pensé que algo así pudiera sucederme”

Dejo de leer, se está levantando brisa y entro a ponerme una chaqueta, su chaqueta que huele a ella, como si no se hubiera ido del todo.

Sigo leyendo:

“Yo no lo esperaba, en realidad ni a él ni a nadie, pero vi su foto en una revista, inauguraban no sé que empresa y él era el propietario. No había cambiando tanto, estaba mayor, pero yo también lo estaba. En realidad el lugar no quedaba tan lejos de mi casa así que una mañana me presenté allí y pregunté por él a una chica pizpireta.

-¿De parte de quién señora?

Hacía años que el “señora” ya no me importaba. Al menos, yo he llegado hasta aquí niña, tú ya veremos, pensé.

-¡Cristina!  ¿Eres tú?

Su voz me sobresaltó, me giré y allí estaba él, tan guapo como siempre, o al menos así lo recordaba yo.

Se acercó y me dio dos besos, olía a colonia y su aspecto era juvenil, me maldije por no haberme vestido un poquito más sexy ¿pero qué pretendía yo?

-Estás igual de guapa –me dijo.

-Venga ya, con unos cuantos kilos de más y años-me reí.

-Oye me pillas súper liado, estamos preparando la presentación oficial de la empresa, ya sabes cóctel, medios de comunicación, por cierto, podrías venir, es este miércoles sobre las ocho de la tarde.

-Ah pues si, vivo muy cerca de aquí, dime ¿hay que ir muy puesta? ya sabes.

-Bueno mujer algo arreglada, tampoco es para tanto, pero en serio ¿hace cuanto que no nos vemos diez, veinte?

-Treinta, Arturo, treinta largos años, desde que nos vimos por última vez.

Rió, no recordaba su risa, tan sana, tan natural.

-Pues parece que fue ayer, la verdad.

Volví a besarle y me despedí, estaba bastante ocupado no quería robarle más tiempo.

-Adiós señorita –dije mirando a la jovencita rubia de bote.

No nos había quitado ojo en todo el rato que estuvimos hablando.

Volví a mis quehaceres cotidianos, escribir un nuevo manual para enseñar tanto a hombres como a mujeres aquellas prácticas que podían ayudarles a encontrar pareja, aunque confieso que se me estaba atragantando, pero era un encargo que ya había cobrado y tenía un plazo de entrega, por estonces yo aún vivía como una urbanita encerrada en un apartamento no demasiado amplio pero con suficiente espacio para no ahogarme.

Estaba nerviosa como una adolescente en su primera cita, ni que decir tiene que me probé todo mi fondo de armario sin encontrar nada que me gustara, no, al menos, para esta ocasión que a mí me perecía especial.

Acabé con un pantalón que me sentaba muy bien y un suéter ajustado, por suerte mis pechos aún no estaban demasiado caídos y podía lucirlos con cierta dignidad.

Llegue a una hora prudente ni demasiado pronto ni demasiado tarde, la gente ya empezaba a formar grupos, no vi a Arturo, me pasee por las instalaciones contemplando aquella piezas tan grandes pero tan necesarias para los ensamblajes de coches. Era nuevo para mí, exhibir piezas que luego iban a ser colocadas en coches que la gente compraría sin pararse a pensar de qué estaban hechos.

-No recordaba lo bien que olías Cristina.

Ni yo lo bien que sonaban esas palabras dichas por él, pero no se lo dije, me giré y nos besamos en las mejillas como viejos amigos.

Aquello fue el principio de dos meses maravillosos, lo que no hicimos durante largos años, salto sobre nosotros arrastrándonos al desenfreno y la locura”

Dejé de leer, ¿mi tía con un hombre casado? Se me hacía raro imaginarla así, pero claro ¿qué sabemos sobre la vida de determinadas personas aunque las tengamos muy cerca?

Ahí terminaba el primer librito, me hice un café y me dispuse a empezar el segundo, no tenía mucho tiempo mañana vendrían a vaciar la casa tal como ella lo había dispuesto.

El sol hacía tiempo que se había ido a descansar, encendí las luces de la casa, de aquella casa que tanto me la recordaba, cada cosa en su sitio, con esa belleza que sé que buscó toda la vida y pienso que al fin encontró en este lugar mágico.

“Arturo se volvió a enamorar de mí, como antes, solo que ahora estaba casado y tenía familia, por eso al principio me negué a que nos viéramos, pero ya era demasiado tarde, los dos nos deseábamos y queríamos estar juntos”

Mire hacia lo profundo del mar, pensé que la vida nunca deja de sorprendernos, aún a mí, con un marido del que sabía que me amaba no pensaba estar exenta de algún encuentro con mi pasado y ¿quién sabe entonces qué podría pasar? Por eso comprendía a Cristina y no la juzgaba.

Abrí el segundo libro, las palabras de mi tía Cristina bailaban en su interior como si las hubiese escrito una adolescente.

Diario 2:

“No voy  a aburrir a nadie con todos los encuentros que a partir de entonces tuvimos Arturo y yo, pero si contaré que nos comportamos como dos jóvenes desinhibidos para quienes la vida era eso, encuentros fortuitos, robándole horas él a su matrimonio y yo a mi trabajo que seguía muy atrasado.

Una des las veces que estábamos en la cama intentando reponernos del esfuerzo maravilloso del sexo en los adultos, Arturo me confesó que había estado a punto de morir por un trombo en los pulmones, que desde entonces tomaba medicación y que constantemente acudía a revisiones donde le controlaban para que no volviera a ocurrir.

Lo miré, me lo contaba con su habitual tranquilidad que a mí tanto me gustaba, ni una palabra más alta que la otra dándole la importancia que tenía sin dramatismo”


Ahí se acababa el segundo libro, muy poco escrito, rebusqué entre sus hojas pero no había más.

Algo decepcionada me dispuse a abrir el tercero.

Mi tía siempre tuvo un humor algo socarrón, así nada más abrir me encontré con esto.

Diario 3:

“Querida sobrina que llevas mi nombre, sé que estás leyendo estas líneas y que ahora estás pensando que me quedé corta en mis puntualizaciones, pues bien, los dos meses que Arturo y yo pasamos juntos no fueron meses de paz, cada vez los sentimientos crecían  con más fuerza entre nosotros y no los dejábamos salir ni él ni yo, pero en su vida tan estructurada Arturo no tenía tiempo para mí y yo se lo exigía o me mordía la lengua para no hacerlo y eso me hacía sentir mal. Un día lo llamé y le dije que no quería volverlo a ver y que por favor me ayudara en esa decisión que tanto me costaba tomar.

Ni siquiera reaccionó, supongo que porque con mi comportamiento le evitaba muchos quebraderos de cabeza, aceptó y se apartó de mí sin luchar, no había por lo que pelear, los espejismos, son eso, ensoñaciones que duran un suspiro de luna.

Un día al cabo de unos meses pasé por allí, la empresa estaba cerrada, pregunté a un guarda jurado.

-Lo siento señora hoy entierran al dueño, una lástima un ataque al corazón fulminante.

Me alejé de allí sin apenas saber donde me dirigían mis pasos. Arturo había muerto y yo no pude despedirme de él o sí, ya no lo sabía bien.

Cuando llegué a casa me esperaba quieta, silenciosa en el buzón una carta, su carta, no sé por que la s lágrimas que no derramé por el camino ahora corrían a borbotones por mis mejillas.

Subí dejé todo, me senté y empecé a leer.




Carta de Arturo a Cristina:

“Querida Cristina, te preguntarás por qué no hice nada cuando me dijiste que lo dejábamos, supongo que pensaste muchas cosas, pero no sabes la verdad.

Cuando te vi allí hablando con mi secretaria, un cúmulo de sensaciones me vinieron a la mente de golpe, recordé como era besarte y acariciarte cuando los dos éramos jóvenes y me sentí transportado a un tiempo feliz de nuevo.

Llevo veinte años casado y como comprenderás mi matrimonio no es para echar cohetes, pero es mi familia, mi mujer y mis hijas.

No soy valiente preciosa, no como tú que peleas hasta el final, así que no pude nada más que pensar que eras un regalo de los dioses y que estos me lo quitarían en breve, como así ha sido.

Te agradezco la brisa fresca que aportaste a mi aburrida vida y te deseo esa felicidad que se te resiste.

Te quiero Cristina, no lo olvides nunca”

Después de la muerte de Arturo, decidí apartarme del mundo, me compré esta casa y me vine a vivir aquí, este es mi hogar desde hace años y aquí he de morir, solo te pido una cosa más que destruyas estos libros que acabas de leer y que seas feliz como yo lo fui durante largos espacios de mi vida.

Te quiere, tu tía Cristina”.

Era muy tarde cuando acabé de leer, en el mar una luna grandiosa se miraba coqueta, la vida es esto, pensé, lo que nos pasa a pesar de nosotros mismos, ella eligió la soledad para revivir alegrías, encuentros y me enseñó que la libertad es un don que no debemos dejar en manos de nadie.

Voy a dormir por última vez en esta casa donde ahora y para siempre vivirá su espíritu, ahora ella estará siempre en mi recuerdo…

Dedicado con todo mi cariño a C.






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