sábado, 29 de marzo de 2014

LA SOLEDAD DEL PODER


Dentro del silencio que reinaba en la capilla ardiente del palacio presidencial la marcha Radetzky sonó atronadora y extraña mientras, en el féretro un joven de diecinueve años, reposaba ya para la eternidad.


-Lucia por Dios, no contestes. 

-Roberto es mi secretaria le dije que me llamara si era urgente.

-Has dejado a Rodríguez, es el vicepresidente, que se ocupe él.

Lucia se levantó de donde ya llevaba muchas horas sentada, pensó que volver a la realidad de su día a día le ayudaría en estos momentos.

-Dime Mariana.

-Presidenta llaman de la Casa Blanca, es el Presidente dice que quiere darle el pésame personalmente.

-Si pásamelo, por favor.

Escuchó la voz conocida y agradeció en inglés la deferencia. Cuando colgó se quedo mirando el ataúd. Su niño no volvería a abrazarla nunca más, después dirigió la vista hacia el hombre que con la cabeza entre las manos lloraba en silencio.

Recordó con rabia la llamada de Mariana, al móvil.

-Lucia ha pasado algo, ha llamado la Guardia Civil…

Se acordaba de haber apretado con fuerza el móvil, su respiración se aceleró, pensó en Roberto, pero no, la noticia era mucho, muchísimo peor, por eso tuvo que sentarse y durante unos segundos mientras oía a Mariana llamarla desesperadamente, su mente se bloqueó.

-Estoy aquí, solo que he necesitado sentarme.

-Presidenta ¿qué quieres que haga?

-¿A que hospital lo han llevado?

-Al Provincial, me llamaron enseguida, él no tuvo la culpa, el coche no lo vio y lo arrolló.

-Voy para allá, por favor Mariana, ven a casa y espera a Roberto, díselo con mucho cuidado ya sabes que su corazón está muy delicado, ha salido a correr volverá en unas horas.

-Estaré ahí en unos minutos ¿quieres algo más?

Iba a contestar que quería echar marcha atrás en el tiempo, no permitir a su hijo coger la moto para ir a la universidad, pero no podía, no podía….

-Lucia por favor, apaga el móvil.

Las palabras de su marido la devolvieron a le realidad. Lo tenía frente a ella, mirándola con una expresión que no conocía. 

Se habían casado muy jóvenes y su único hijo había venido al mundo cuando ella ya rebasaba los cuarenta, pero su carrera política era lo primero y su marido se amoldó a ello, sin rechistar, cuando nació lo cuidó como lo hubiera hecho ella, ocupando el lugar de una madre ausente y ambiciosa, el partido pedía sacrificios que había que hacer sin perder tiempo en otras ocupaciones familiares.

-Tenemos que hablar.

-Ya lo he apagado.

Le dolían las piernas, el cuerpo y una oscura pena se había instalado en su alma y sabía que nunca la abandonaría ya mientras viviera.

-Cuando incineremos a nuestro hijo, me marcharé y me llevaré sus cenizas conmigo. No podrás hacer nada porque tengo su testamento y es válido, era mayor de edad.

Lo miró, ¿bromeaba en un día tan nefasto? Sabía después de muchos años de dormir a su lado que su marido no bromeaba. Ojeó el reloj, faltaba casi una hora para que la capilla ardiente se abriera y empezaran a llegar familiares y amigos,  fuera, el tiempo amenazaba tormenta presagio de la que se iba a librar en aquella habitación.

-Guillermo se quejaba de que no te veía, por supuesto no se atrevía a decírtelo, alguna vez fui testigo de cómo no dejabas de leer un informe mientras él te contada su día de colegio y era yo quien tenía que secarle las lágrimas muchas veces porque decía que mami no lo quería. Por supuesto, por cada lágrima de él tú ascendías un peldaño más hacia la gloria.

Lo que más le dolía es que se lo contaba sin rabia, porque si estuviera enfadado ella se defendería con argumentos, pero no, su marido no levantaba el tono de voz, ni siquiera para echarle en cara lo mala madre que había sido, que aún era a pesar de que su hijo yacía muerto delante de ella.

Se sentó abatida, no tenía fuerzas, vió que Mariana entraba y hablaba con él, supuso que quedaba poco para que la gente empezara a entrar a darles el pésame, maldita sea las ganas que  tenía de estrechar manos, solo quería abrazar a Guillermo y pedirle que la perdonara, que volviera y la abrazara una vez más.

-Lucia no voy a quedarme, es tu gente, recíbelos tú mañana me iré con él y no volveremos a molestarte.


Fue como una bofetada en plena cara y sabía que se merecía sus reproches y su frialdad, ni siquiera podía llorar. Se quedó allí, quieta, erguida, mientras las primeras personas pasaban delante de ella, “Señora Presidenta mi más sentido pésame”…..

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