Me
he vuelto a encontrar con aquel señor
mayor, de aquel banco, de aquella ciudad y me ha preguntado por ti.
Le
he dicho que vuelas hacia Argentina y que te has llevado parte de mi corazón
contigo, me ha mirado a los ojos y me ha preguntado que si puedo vivir con
medio corazón y le digo que no, pero que
estoy aprendiendo porque lo contrario sería morirme y no puedo hacerlo
ya que te he prometido que que estaré aquí cuando vuelvas,
esperándote.
Mueve
dubitativamente la cabeza y me dice cogiéndome de la mano:
“Mira niña te voy a
contar una historia, una vez un joven conoció a una mujer dulce y hermosa que
se enamoró de él sin pedir nada a cambio, lo siguió en sus viajes, lo cuidó,
lloró con él cuando hubo que llorar y rio con él también. Eran tan felices que
su felicidad causaba la envidia de todos, pero un buen día en el que ella se
había quedado en casa, él conoció a otra mujer más joven y más bella que la
suya y perdió la cabeza, tuvo que mentir y empezó a construir una muralla a su
alrededor evitando que su compañera de
viaje de tantos años la traspasara apartándola así de él.
La
otra mujer se volvió exigente y caprichosa y él que no veía más que por sus
ojos empezó a herir sin querer a la única mujer que le había amado con absoluta
entrega.
Un
día apareció en la casa una mujer joven, con el gesto airado, llamó vieja a la mujer de él, se rió en su cara, lanzó unas fotos
encima de la mesa como prueba de la infamia y se fue con la
sensación de triunfo de los miserables.
La
mujer recogió las fotografías y las fue mirando de una en una, mientras las
lágrimas resbalaban por sus mejillas. No dijo nada, lentamente subió a la
habitación, hizo su maleta y abandonó la casa dejando como nota las fotografías
encima de la mesa.
En
otro lugar de la ciudad a otra hora, él
rompía su relación con la mujer joven porque se había dado cuenta de lo mucho
que amaba a su mujer, que había sido su
amante, su amiga, su compañera, su confidente, durante los años de tormentas y
de calma y que apartarse de ella sería una muerte lenta y dolorosa.
La
mujer joven le gritó que ya era tarde que ella se había encargado de decirle a
la otra la verdad. La dejó allí insultándole, gritando mientras corría con
desesperación hacia su casa.
Encontró
la puerta abierta y una sensación de frio y ausencia que le heló la sangre.
Recorrió la casa llamándola con el corazón encogido por la pena que iba
inundando su vida y que ya nunca le abandonaría".
Calló un momento como pensando, soltó
mi mano y se aparto una inoportuna lágrima que le resbalaba por la mejilla.
Sólo
me atreví a preguntarle bajito si el hombre de la historia era él y me dijo que
sí.
-¿La
volvió a ver alguna vez?, pregunte.
-Sólo una vez, de lejos por la calle, iba de
la mano con otro hombre y se reía con aquella risa suya por cualquier cosa que
yo absorbía y que era mi motor por las mañanas.
-Niña -me dijo- si el hombre que se aleja ahora tanto de ti, es el hombre que amas, y
si estás segura que él también te ama, no dejéis que nada ni nadie estropee ese
amor, pelea por él y contra él si hace falta pero no lo pierdas porque el vacío
que deja un gran amor perdido no lo llena nunca nada ni nadie.
Yo
me convertí en un muerto en vida, viviendo solo de recuerdos que nunca
calentaron mi corazón.
Sentí
pena por él, pero entonces vi aparecer a una mujer mayor pero muy bella que
levantó la mano y sonrió al anciano, éste le devolvió la sonrisa y girándose
hacia mí, me dijo:
“Tarde más de diez años en convencerla para que me perdonara
y cinco más para recuperar nuestras vidas pero nuestro amor fue más fiel y
fuerte que nosotros y esperó, él hizo el
milagro, niña. Cuida tu amor y él te cuidará a ti”.
Se levantó, beso mi mano
suavemente, enlazó por la cintura a la mujer y se alejaron riendo felices.

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