Anestesina Buendía, no sentía nada, pero nada
de nada, ni los pinchazos, ni besos, ni.... Sus padres que la habían abandonado
una noche de tormenta a las puertas del palacio de los Rascamonedas, jamás
supieron que le habían salvado la vida haciendo esto, ya que murieron de unas
fiebres rosadas en el cuerno de la selva Miteatrevas.
Así creció la joven, rica pero anestesiada de
todo contacto y dolor. Sus padres los Condes no le dieron importancia, es más
cada dos por tres recordaban aquella noche de tormenta en que Gertrudisquinta,
la criada entró toda mojada con un bulto entre sus brazos que se agitaba y
lloraba sin consuelo, al cogerla la condesa sin querer le golpeó la cabeza con
la mesa pero la niña no dijo nada, siguió llorando con esa pena que ya no la abandonaría
durante toda su vida.
Ernestino Agárramela, segundo conde de
Rascamonedas por parte de tío materno, cedió a que su mujer se quedara con la
niña, ya que ellos no habían podido tener hijos, pero no pocos sustos le dio
esta, tanto que un día estando en el Ateneo el mozo gritaba a viva voz.
-Señor Agárremela, señor Agárremela.
El conde se revolvió furibundo en la butaca.
-¿Oiga joven acaso yo voy gritando por ahí
agárremela?
-Oh, perdone no sabe cuanto lo siento pero
llaman de su casa es una urgencia.
Conociendo la torpeza de su mujer y a sabiendas
de que Anestesina no chillaría ni aunque la torturaran con clavos ardiendo, el conde salió disparado
hacia su casa, sin darse cuenta de que se había dejado a su chofer ligando con
la limpiadora del Ateneo.
Cuando llegó a casa Anestesina yacía espatarrada
al pie de la magnífica escalera de mármol de Carrara, por lo visto se había
roto algo pero al no sentir nada la condesa ya se estaba tirando de los pelos,
harta de preguntarle.
La
ambulancia entró con gran estruendo en el patio del palacio y dos hombretones
cargados con varios artilugios se personaron en el hall.
-¿Dígame señorita donde le duele?
-Pues no sabría decirle, toque aquí y le puso
la mano en el muslo.
Su madre que estaba viendo que aquello podía
salirse de madre, o sea de ella. Paró en seco los tocamientos, ordenó que la
cargaran en la camilla y que se la llevaran al hospital más próximo.
Anestesina no era mala chica, solo que en el
transcurrir de los años había aprendido a sacar provecho de su falta de
sensibilidad, así que dentro de la ambulancia se desarrolló un nuevo
experimento que acabó con los pantalones del joven médico por lo suelos.
Lo cierto es que en la aciaga caída se había
roto hasta huesos que sus aristócratas padres no sabían ni que existieran.
El pronóstico más que reservado fue de dominio
público porque la accidentada reía y reía sin sentir nada, ajena al triste
final que le esperaba.
Por supuesto la familia fue avisada, la primera
en llegar fue su tía Teodora Lanzada
acompañada de Giliponcio ya que era miércoles y unos minutos después su primo
Oriundo Falcone lo hizo acompañado de su mujer Pirulina, embarazada de
cuatrillizos.
Anestesina murió a la una de la madrugada sin
necesidad de que hubieran gastado en ella ni una gota de anestesia por lo que a
los Condes al salir les regalaron tres botellas de Dom Perígnon en
reconocimiento al ahorro.
Cuando reunidos alrededor del ataúd su familia
lloraba desconsolada, una rara ave del paraíso se posó obstinada encima, un humo
blanco salió de la caja y envolvió al ave que levantó el vuelo alejándose
cantarina. Los Condes aún rotos por el dolor entendieron que por fin los padres
de Anestesina habían vuelto a buscarla y sonrieron agradecidos…FIN.