Marinela no es mala chica, la conozco porque
vive puerta con puerta en el rellano de mi pequeño apartamento de Berlín. Ambas
somos españolas, jóvenes, trabajadoras y con ganas de comernos la vida a
mordiscos.
Yo tengo un novio español que viene de visita
una vez al mes y al que me da pereza decirle que lo nuestro se acabó, porque
también soy una mujer de costumbres y algo vaga para cambiar de pareja, algún
día romperé con él, tarea pendiente.
Pero ella es especial, cada dos o tres noches
trae un chico nuevo a casa, no me extraña porque es espectacular, uno ochenta,
morena, ojos azules y una sonrisa que desarma a un regimiento. Vale, quizás es un
poco frívola, pero no hace daño a nadie. Un día llamó a mi puerta y se presentó,
yo me acababa de instalar y pasamos a mi cocina donde entre risas dimos muy
buena cuenta de una botella de Muga. Entonces me habló de su forma de
comportarse con cada nueva conquista masculina.
"Mira yo antes de hacer el amor les digo que
hay que ducharse, ojo no lo hago por higiene, que también, sino porque el acto
en si me da mucha información. Por eso necesito tu ayuda, como la ventana tuya
da a mi ventana del salón, si el chico no me interesa te haré una señal y tú me
llamas al móvil, el resto es cosa mía".
Le dije que yo no podía estar pendiente todos
los días de si ella recibía visita o no. No te preocupes, me dijo, ya te aviso
yo, por lo general no dejo que se queden a dormir, ya sabes cubrir necesidades
y poco más.
A mí no me costaba nada hacerle el favor así
que a la noche siguiente empezó el espectáculo. A determinada hora comprobé
como Marinela se pasaba la mano por el cuello en señal de “Abortamos operación”
ni corta ni perezosa la llamé al móvil: “Querida a miga, siento decirte que tu
padre ha sido mordido en la selva Amazónica por una serpiente viuda que andaba
cabreada por haber perdido a su marido”. Corto, porque si no me da la risa
floja.
Al rato llamó a mi puerta. “Hija que mal trago he pasado, me dijo, se sentó en la cocina y yo abrí una botella de vino, la
costumbre. Porque no has podido verlo, prosiguió pero era una preciosidad de hombre, alto,
rubio, elegante, vamos que cuando se ha quitado los pantalones, no sin antes
preguntarme que por qué usaba bañador para ducharme, he podido comprobar que
ahí había mucho hombre. Yo lo miraba hacer, chaqueta, corbata, camisa,
calcetines y amiga mía, ahí ha empezado el drama. Resulta que está casado pero
su mujer hace el amor muy mal, vamos que él tiene que rematar solo, pero la
quiere a morir y no quiere engañarla, esto me lo ha dicho mientras se sentaba
en la única silla que yo permito en mi baño, ya sabes para que dejen la ropa.
Imagínate un tío de casi dos metros, en calcetines y calzoncillos llorando
amargamente en mi cuarto de baño.
¿Y qué has hecho ha habido ducha o no? Pues
mujer no, vaya papelón así cualquiera se mete en la cama, le he ayudado a
vestirse y le he consolado con un beso en la frente, mientras estaba sentado, que al metro noventa no llego de pie y se ha ido.
Nos hemos acabado la botella de vino, dando
algunos tumbos se ha pasado a su casa, mientras abría la puerta la oí decir:
“Perra vida”.
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