sábado, 10 de mayo de 2014

RELATOS DE LA DUCHA COMPARTIDA.


Marinela no es mala chica, la conozco porque vive puerta con puerta en el rellano de mi pequeño apartamento de Berlín. Ambas somos españolas, jóvenes, trabajadoras y con ganas de comernos la vida a mordiscos.

Yo tengo un novio español que viene de visita una vez al mes y al que me da pereza decirle que lo nuestro se acabó, porque también soy una mujer de costumbres y algo vaga para cambiar de pareja, algún día romperé con él, tarea pendiente.

Pero ella es especial, cada dos o tres noches trae un chico nuevo a casa, no me extraña porque es espectacular, uno ochenta, morena, ojos azules y una sonrisa que desarma a un regimiento. Vale, quizás es un poco frívola, pero no hace daño a nadie. Un día llamó a mi puerta y se presentó, yo me acababa de instalar y pasamos a mi cocina donde entre risas dimos muy buena cuenta de una botella de Muga. Entonces me habló de su forma de comportarse con cada nueva conquista masculina.

"Mira yo antes de hacer el amor les digo que hay que ducharse, ojo no lo hago por higiene, que también, sino porque el acto en si me da mucha información. Por eso necesito tu ayuda, como la ventana tuya da a mi ventana del salón, si el chico no me interesa te haré una señal y tú me llamas al móvil, el resto es cosa mía".

Le dije que yo no podía estar pendiente todos los días de si ella recibía visita o no. No te preocupes, me dijo, ya te aviso yo, por lo general no dejo que se queden a dormir, ya sabes cubrir necesidades y poco más.

A mí no me costaba nada hacerle el favor así que a la noche siguiente empezó el espectáculo. A determinada hora comprobé como Marinela se pasaba la mano por el cuello en señal de “Abortamos operación” ni corta ni perezosa la llamé al móvil: “Querida a miga, siento decirte que tu padre ha sido mordido en la selva Amazónica por una serpiente viuda que andaba cabreada por haber perdido a su marido”. Corto, porque si no me da la risa floja.

Al rato llamó a mi puerta. “Hija que mal trago he pasado, me dijo, se sentó en la cocina y yo abrí una botella de vino, la costumbre. Porque no has podido verlo, prosiguió  pero era una preciosidad de hombre, alto, rubio, elegante, vamos que cuando se ha quitado los pantalones, no sin antes preguntarme que por qué usaba bañador para ducharme, he podido comprobar que ahí había mucho hombre. Yo lo miraba hacer, chaqueta, corbata, camisa, calcetines y amiga mía, ahí ha empezado el drama. Resulta que está casado pero su mujer hace el amor muy mal, vamos que él tiene que rematar solo, pero la quiere a morir y no quiere engañarla, esto me lo ha dicho mientras se sentaba en la única silla que yo permito en mi baño, ya sabes para que dejen la ropa. Imagínate un tío de casi dos metros, en calcetines y calzoncillos llorando amargamente en mi cuarto de baño.

¿Y qué has hecho ha habido ducha o no? Pues mujer no, vaya papelón así cualquiera se mete en la cama, le he ayudado a vestirse y le he consolado con un beso en la frente, mientras estaba sentado, que al metro noventa no llego de pie y se ha ido.


Nos hemos acabado la botella de vino, dando algunos tumbos se ha pasado a su casa, mientras abría la puerta la oí decir: “Perra vida”.

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