martes, 15 de julio de 2014

LOS NIÑOS OLVIDADOS DE OCCIDENTE







“No quiero estar aquí”, podría ser su “grito de guerra” cuando entran en un Centro de Menores por primera vez, pero  les guste o no, se rebelen o no, no tienen a donde ir.

Un niño o joven llega a un Centro de menores por diversos motivos, algunos tiene padres adolescentes que, a su vez, viven con sus padres y los abuelos no pueden hacerse cargo de las criaturas. Otros desaparecen sin más, dejando a los niños al cuidado de algún vecino al que le entregan algo de dinero con la excusa de que  cuando encuentren trabajo, volverán a por el niño, cuando esto no sucede el menor pasa a ser tutelado por del Estado. Cada Comunidad Autónoma se rige por sus normas en cuanto a la tutela de la infancia.
Algunos de estos niños nacen producto de relaciones incestuosas o entre personas con grandes discapacidades.

Cada niño que llega a un Centro de Menores tiene detrás una historia difícil, de malos tratos, vejaciones, abandono e incluso violaciones. Por lo que, tanto el asistente social como el psicólogo abren un protocolo de actuación particular para cada niño, que se llevará a cabo hasta que cumpla dieciocho años y deba abandonar el Centro.

Si mientras dura este trasiego el niño se ha hecho mayor o quizás cuente con alguna minusvalía, casi es imposible que sea adoptado o que haya una familia acogedora que quiera hacerse cargo de él.

Cuando hablas de estas instituciones, el desconocimiento general de la sociedad tiende a pensar en los antiguos orfanatos y en las malas condiciones en las que viven los niños, nada más lejos de la realidad.

Hoy en día estas instituciones cuentan con cuartos individuales, modernos baños y televisión, los niños siguen unas normas de convivencia, hacen tareas como fregar, barrer, mantener aseados los cuartos o ayudar en la preparación de bocadillos.
Surgen, como no, situaciones conflictivas entre ellos, muchas veces se insultan con la intención de ser el más fuerte o el más carismático, tan solo se trata de sobrevivir en la selva.

Las situaciones que se generan son de todo tipo, hay que tener en cuenta que cada niño viene  con una problemática personal distinta, los conflictos surgen a pesar de los educadores y, a veces,  hay que hacer cambios en los grupos para mantener cierta calma en el Centro.

Por sus circunstancias personales, hay niños o jóvenes que no pueden permanecer en el Centro dado que no se adaptan a él o a sus compañeros,  dándose la circunstancia de tener que ingresarlos en centros más “cerrados” quizás con una disciplina más dura.

El voluntariado hace tareas de apoyo al educador, participando con los deberes, en las duchas que son diarias, procurando siempre la higiene de los niños y su limpieza y ayuda en las comidas, puestos que hay pequeñitos que no saben comer solos.

Estos niños no interesan a nadie, algunos, bastantes, son hijos de inmigrantes e incluso chicos negros que han llegado solos a España, por lo tanto tenerlos en los Centros evita saber de ellos, afortunadamente, no siempre es así, hay muchas familias educadoras con hijos propios o no, que desean ofrecerles un hogar a estos niño desarraigados, llevándoselos o bien los fines de semana o durante años.

Es necesario comprender que por mal que los traten sus padres o abuelos, ellos añoran estar en sus casas y se viven auténticos dramas, con niños que utilizan la rebeldía como arma de defensa.
Si nuestra burocracia no estuviera tan abultada y por tanto lenta, algunos de ellos no pasarían el calvario de ir de una familia a otra o de un Centro a otro sin adaptarse a nada ni a nadie.

Es necesario convertirnos en su voz, explicar su situación de niños abandonados y resentidos con la sociedad, educar a las familias para que cada vez más acojan a estas criaturas y les den el cariño que por circunstancias no han tenido. No tenerles miedo, son niños conflictivos porque están asustados y es tarea de todos tranquilizarlos y prepararlos para la vida que llevarán igual que si fueran nuestros hijos.





Fdo: Amparo Blay
14 de julio de 2014

Valencia-España

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