EL CAMPESINO Y LA FLOR
Había una vez un campesino en un lejano pueblo olvidado de un país también olvidado, que todos los días salía a cultivar su escasa parcela de tierra que apenas le daba para vivir.
Hacía poco que había perdido a su esposa, porque, a veces,
no tenían para comer y ella no había superado el frio invierno. Una oscura
tristeza fue inundándole día a día haciendo que sus ganas de reír y cantar se fueran
apagando, No sentía interés por nada, todo le daba igual.
Pero un día, cuando se agacho para recoger el fruto de un árbol
que crecía en su terreno, descubrió cerca de este un pequeño brote que antes no
estaba allí. Sintió curiosidad, el brote era tan pequeño que apenas se
distinguía, pero se mantenía erguido y el viento no lo había arrancado como el
resto de plantas que año tras año sufrían su azote. La primera intención fue
arrancarlo de cuajo, pero el brotecillo se agito ante su mano y por primera vez
en mucho tiempo el campesino esbozó una pequeña sonrisa.
Decidió dejar crecer a tan corajudo ser y todos los días
cuando terminaba su tarea se sentaba frente a él y veía cómo éste evolucionaba
sin saber siquiera que saldría realmente de él.
Así fue como vio crecer al bello brote, luchar contra el
viento y la lluvia, resguardarse de los animalillos y crecer un poquito más
cada día con las sabias manos del campesino como único alimento.
Cuál fue su sorpresa al comprobar un día que el brote se
había hecho espigado y que tras una noche de tormenta abrió
sus hojas y permitió que la más
bella flor tomara los primeros rayos de sol estirando radiante sus hermosos
pétalos.
Cuando el campesino la vio quedo totalmente prendado de
ella, no podía dejar de mirarla, la acariciaba suavemente y le hablaba con el
lenguaje que sólo conocen los enamorados, la flor se erguía orgullosa cuando
escuchaba la susurrante voz del campesino y se entristecía cuando este se
alejaba, cerraba sus pétalos y se disponía a entregarse a un sueño reparador
para estar bella para él.
Poco a poco el campesino fue perdiendo la razón, se
sentaba horas y horas y le hablaba a la hermosa flor, esta agitaba sus
graciosos pétalos y el sonreía, bailaba para ella y ambos establecieron un lenguaje
más allá de toda cordura y que sólo ellos entendían.
Pero la belleza causa mucha envidia, en el pueblo no pasó
desapercibido el cambio que había experimentado el campesino y una noche lo
siguieron y comprobaron el avanzado estado de su locura, se había enamorado de
una flor.
Se reunieron y decidieron por el bien de él, ingresarlo en
un manicomio donde sin duda sería mejor cuidado y sanaría de su enajenación.
Cuando quiso darse cuenta se encontró encerrado en una
pequeña celda, con tan solo un ventanuco que apenas dejaba pasar la luz del
sol.
Allí, solo, sin su flor, su corazón fue apagándose y poco
a poco su sonrisa se fue transformando en una mueca de dolor y de pérdida.
La flor, esperó y esperó al campesino, se vistió con sus
mejores colores se peino los pétalos coqueta,
pero nada hizo que su amado regresara y un día de fuerte viento, sencillamente se entregó al sacrificio
y dejo que este la arrancara de cuajo llevándola en el aire kilómetros y kilómetros. Pero el viento era un enviado de
los dioses y sólo cumplía una misión, depositar a la flor en las manos del
hombre, que cuando la tuvo entre ellas lloro de agradecimiento y la acuno junto
a su maltrecho corazón.
Cuando a la mañana siguiente los carceleros derrumbaron la
puerta que estaba atrancada, contemplaron a un hombre sin vida que yacía en el
lecho con una expresión de paz absoluta en su mirada y en su pecho muy, muy
cerquita del corazón la flor más bella de la tierra.”
Para ti por haberme acariciado con tus manos y haberme
alimentado con tus besos, dejándome volar y por llevarme muy, muy cerca del
corazón.

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